Me ha entusiasmado el soberbio arranque del primer relato (Benzodiazepina) del último libro del gran Sergi Pàmies, La bicicleta estática (Anagrama.2011). Lo dejo aquí:
"He quedado conmigo mismo dentro de dos horas. No me conozco personalmente pero hemos hablado mucho por chat y, en una ocasión -para desearnos feliz año 2008-, por teléfono. No me gustó mi voz: ligeramente nasal y con cierta presunción de locutor nocturno."
Volver a lo de siempre, inaugurar de nuevo eso que permanece como si no estuviera, un mapa sumergido, la vuelta hacia unas horas en las que siempre has habitado.
Adivinar, en ese trazo en blanco que queda entre las líneas borradas, todo lo que has fundado: un perfil, un lugar, un calendario, las muecas que dejaste y que ahora te sostienen: un destino, un origen, un trayecto, todo eso que termina o que comienza, indiferente.
Saber que la única enseñanza de un tiempo repetido de mudanzas es que nada se pierde, que todo permanece, que no se recupera nunca nada.
Adivinas y sabes, reconoces. Vuelves a lo de siempre después de lo siempre.
Aunque el tema no sea de los habituales aquí (realmente no sé cuáles son los habituales), dejo un vídeo que me gustado e interesado (vía, No sin mi internet).
En la barra de vídeo pueden poner subtítulos en 35 idiomas, así que no se quejen.
Decidido (eso sí, sabiendo lo que duran mis decisiones y su valor) a retomar este artefacto, dejo por aquí algunas canciones que me han estado acompañando estas últimas semanas. Avanti.
Llevo ya mucho tiempo (años) queriendo traer por aquí algo que vi. Se trata de los conejitos suicidas, unos dibujos soberbios de Andy Riley en los que unos simpáticos y geniales conejitos quieren, a toda costa, dejar este mundo. Leo en Rtve que la actriz británica Miranda Hart ha resumido bien todos estos dibujos: "No debería ser divertido de ninguna manera. Pero lo es". Quizá por eso es todo un hallazgo. Espero que les gusten.
No sabrías teclear esa sensanción de ir vaciándote a la vez que te llenas de todo lo que queda. Época de descreimiento, sabes que casi todo es nada.
Una semana antes de cumplir los 44, allá por enero, me recetaron gafas para ver y mirar de cerca, para leer. ¿Otro ciclo? ¿Más de lo mismo? ¿El argumento de Gil de Biedma?.
Un niño de 2 años y una mujer de 67 merendando en una terraza, tomando un batido. ¿Hablando de qué?. Lo hipnótico de ese encuentro en mitad de una tarde atónita de tanta magia.
Una novela en la que sólo se cuente lo previo.
Un poema que cuente todo lo posterior, lo que está más allá de todo esto.
Esperas el calor y, con los años, has llegado a detestar el frío, la lluvia, lo oscuro. ¿Otro síntoma?.
Encontrarle un sentido, sí, pero, ¿a qué?
Un paseo entre los pinos. Las lluvias últimas han dejado los caminos repletos de barro.
El día se ha alargado y la tarde debería ser un columpio desde el que ayudas a subir, desde el mar, a una chica desnuda.
Eso sí: sobrevives a base de Sin Fang, y de su disco Summer Echoes.