Ya en su día me referí por aquí a ese soberbio pintor que es Pablo Gallo (enlace) y del proyecto que se traía entre manos, El libro del voyeur, con colaboraciones de, entre otros, Alex Nortub, Flavia Company, Safrika, Javier Corcobado, Antonio Luque, Jesús Llorente, Pilar Adón, Pablo García Casado, Alberto Olmos, Sofía Castañón, Gabriel Báñez y muchos más, hasta contar 69, entre los que se incluye (el único fallo en el libro de Pablo Gallo) un servidor.
Aquel proyecto de Pablo ya es una realidad, editado por Ediciones del viento y a partir de hoy mismo está en las librerías. Les dejo el maravilloso traíler de presentación que ha hecho Pablo, al que quiero dar mi enhorabuena por tan colosal proyecto.
No había comentado por aquí la excelente noticia de la apertura del blog de Pablo Gallo, pintor que ya traje por aquí (enlace) y responsable de mi imagen.
A todo esto, descubro en su blog que Flavia Company (una de las mentes más interesantes de este país y una de las plumas de las que más espero) perpetra otro blog, así que enlazo con los dos a la derecha y estoy como loquito de contento.
Pero a lo que íbamos. Pablo Gallo ha hecho un micrometraje alrededor de Faulkner, que ha titulado Tras agonizar. No se me ocurre mejor manera de empezar la semana.
La vuelta de las vacaciones me ha traído varias sorpresas muy gratas en el buzón de entrada del correo.
La primera luce, desde comienzos de esta semana, en la cabecera del blog, junto al perfil del que escribe estas torpes líneas. Es un dibujo del pintor Pablo Gallo a partir de una fotografía que le mandé. Ni que decir tiene que el retrato es genial y, por si les interesa, no, no hace justicia al original, que es algo más calvo y más viejo (la foto tendrá pronto tres años) y con más kilos -qué desastre el del tiempo-. Pues eso, que la pongo porque me parece una obra muy buena de un artista soberbio y así, como dice Andrés, nos vamos viendo las caras.
Pablo Gallo (A Coruña, 1975) tuvo la generosidad de invitarme a participar en su proyecto El libro del voyeur, dejando unas líneas a un dibujo que me proponía y que dejo aquí. Las líneas, claro está, nunca serán tan buenas como el trazo sugerente de su mano. Me encanta lo que hace. El erotismo de Gallo se asemeja mucho -a veces, demasiado- a esas imágenes que uno lleva atesorando desde el final (o no tan final) de la infancia.
Cada cual es dueño de su imaginario erótico y sólo los artistas plásticos tienen el poder de hacernos partícipes de ese secreto, muchas veces a voces. Un poema, un relato erótico, son sólo una toma de una puerta cerrada, mientras que Pablo Gallo, a través de ese círculo mágico, ha llegado a poder mirar a través de la cerradura en un viaje apasionado y apasionante en torno a nuestra conciencia.
En su página en Flickr pueden ver varios sets de dibujos (enlace)
Además, Pablo Gallo perpetra fotografías, pinturas, vídeos. En su página web (enlace) pueden darse un paseo por su obra, y por su mirada, entre asombrada y repleta de espanto y piedad -como quería Faulkner-, a una serie de animales muertos.
A mí me apasionan su vídeos. Pablo tiene su propia página en Youtube (enlace) y sube mensualmente un trabajo. Hay dos que me encantan. Una composición a base de 133 dibujos eróticos circulares, y Un último paseo por la nieve, un homenaje a Robert Walser. He estado este verano con el Walser que Vila-Matas persigue en Doctor Pasavento (un librazo, un lujazo del que nos ocuparemos por aquí en breve) y, entre las líneas, veía este vídeo de Pablo Gallo. Que lo disfruten y no le pierdan la pista. Nos va a dar muchas alegrías.
Así que no mucho más, queridos niños y niñas. Tiempo algo revuelto y fresquito para el fin de semana. Primer tiempo de rebecas, que seguramente volveremos a colgar, aferrados a un verano tardío que perderemos del todo en unas semanas. Como ven, la nueva temporada del blog va a hacer cierto aquello que anuncié hace un par de meses: voy a ir actualizando el artefacto conforme anden las fuerzas y disponga de tiempo. Quiero que esto refleje la pasión con la que uno se acerca a algunas cosas y no estoy contento con algunas entradas de hace un tiempo. Eso sí, para mí sigue siendo un placer perpetrar esto. Les deseo un buen finde y les mando un abrazo fuerte. Le vamos a dar gas :))
Paco Pomet (Granada.1970) me parece uno de los pintores más atractivos, sugerentes y, sobre todo, con más cosas que decir (esto es mucho) de lo poco que conozco del panorama actual de pintura joven de nuestro país. Su pintura es como ese algo que hay que leer entre renglones para saber qué se nos está diciendo. Como toda obra inteligente (y que no toma al lector-contemplador-oyente por idiota) aplica una forma única de mirar, sesgada y apasionada, aquéllo que sólo se ve algunas veces, cuando el objetivo, el ojo o el narrador han sabido apuntar alto y bien.
Como en el cuadro de más abajo, Martes, 25 de Octubre de 2004, donde lo extraño no es esa pista de autos de choque abandonada, sino todo lo contrario: lo extraño es que todos los martes, cuando termina octubre, no veamos esa pista, delante de nosotros, como una especie de radiografía de lo que el corazón no puede dejar de ver. La épica de lo que no está, de lo que acaba de ser, de lo que, al fin y al cabo, somos al lado de esas vallas municipales que ponen cerco a un fin de fiesta obligatorio, como todos esos fines de fiesta que han ido siendo en nuestra vida. Nada más y nada menos.
La obra de Paco Pomet va a ser de nuevo expuesta en My name's Lolita, una galería -también apasionante- de Madrid y Valencia. Ahora le toca el turno a Valencia. Suerte tienen los que viven allí (ahora no sólo por la paella)
Hay que estar atentos porque la magia salta en cualquier parte y a cualquier hora. El sábado me la encontré en un texto (una crítica de una exposición) de Enrique Andrés Ruiz, poeta y crítico de arte, sobre el pintor Juan Carlos Lázaro, a propósito de la exposición de éste en Galería Luis Gurriarán de Madrid. El texto se publicaba en el suplemento ABCD las artes y las letras de Abc.
La reseña de Enrique Andrés Ruiz comienza hablando de algo prodigioso: el momento entre el día y la noche, esa huella de luz que queda en la tarde que se ha convertido ya en noche, esa huella que es casi sonora y que conforma un día aparte del día, una hora que no señalan los relojes. Escribe:
"Entre un malva cansado y un añil oscuro pero encendido, quedan las largas, inacabables tardes del verano cuando les llega la hora de irse, como paradas, como sin querer irse. Prende en los ojos entonces, cuando la noche ya debiera haber llegado con la capa de sus sombras, un reverbero de luz fosfórica que se resiste a esa llegada, en un cristal de la calle, en el paño de una cómoda, en el filo del cielo. Es el resto o el fondo casi indestructible del día que se va, diríamos que la esencia de algo que ya está ausente. Sabemos que Azorín, en su Castilla del tiempo, llamó "la fragancia del vaso" a lo que queda de algo que ya no está, una algo que sin estar, es todavía."
Difícil no quedarse con la boca abierta ante tal latigazo de verdad honda y hermosa, por cierto, marca de la casa en todas las críticas de arte de Enrique Andrés Ruiz. Nacido en Soria en 1961, ha publicado los libros de poesía Más valer (Pre-textos 1994), El reino (Pretextos 1997) y Estrella de la tarde (Mainel 2000), además de un libro muy curioso publicado en Renacimiento en 1995, y que traerá por aquí en otra ocasión: "La visión memorable", con el subtítulo "Sobre las huellas de la emoción en la tauromaquia, la poesía y la pintura, como ejemplos de transparencia en la expresión artística". Su poesía es muy original (no se parece a ningún otro poeta contemporáneo), se fija en una naturaleza que nos rodea y que viene de muy lejos, como un acento en lo legendario que es lo que nos nutre (también la pondré aquí)
El texto completo de Lo que queda en las tardes se puede leer en este enlace
El pintor Juan Carlos Lázaro, del que es el cuadro de arriba, nacido en Frenegal de la Sierra, Badajoz, en 1962, además de su trabajo, que se puede ver en este enlace, ha escrito para la exposición una reflexión teórica que me ha interesado mucho y que copio aquí:
"Soy un simple intérprete de la realidad de las cosas, al que le gusta poner de relieve la realidad misma de la pintura.
Conformando esta otra realidad, plástica, propia, cuyo fundamento está en la sencillez y neutralidad con que se utilizan los medios pictóricos: la luz, el espacio, el gesto del pincel, y sobre todo, el tono.
Poniendo estos medios al servicio de hacer que la pintura misma esté presente, visible, audible, sola.
Para que así hable únicamente la pintura. Con su propia voz, con sus colores y formas.
Este es el verdadero tema de mis cuadros: hacer hablar a la pintura con sus propios medios.
Por esto depuro los objetos de sus detalles descriptivos y circunstanciales, volviéndolos puros elementos compositivos, pintura sola.
Poniendo la pintura al servicio del fin que le es inherente a si misma: que sea sólo la pintura la que cuente cosas."
Por cierto, el final del artículo/reseña de Ruiz termina con un título que se llama Oír el silencio, que me hace pensar en aquella obsesión de Van Morrison en su Hymns to the silence (quizá su mejor disco), repetido una y otra vez en la pregunta, cantada, surrada, can you feel the silence?