Me ha entusiasmado el soberbio arranque del primer relato (Benzodiazepina) del último libro del gran Sergi Pàmies, La bicicleta estática (Anagrama.2011). Lo dejo aquí:
domingo, octubre 02, 2011
Casa de citas: Sergi Pàmies y Benzodiazepina
Me ha entusiasmado el soberbio arranque del primer relato (Benzodiazepina) del último libro del gran Sergi Pàmies, La bicicleta estática (Anagrama.2011). Lo dejo aquí:
miércoles, octubre 21, 2009
Grandísima noticia: Historia argentina, de Rodrigo Fresán ( I )

Pues sí, no creo que el otoño pueda traer una noticia mejor: la reedición, con textos de Ray Loriga e Ignacio Echevarría (magistral, como siempre), en una edición corregida y aumentada, del libro Historia argentina, de Rodrigo Fresán (Buenos Aires.1963), en Anagrama, en una nueva colección que, bajo el nombre de Otra vuelta de tuerca, vuelve a publicar tesoros escondidos de su catálogo, que no son pocos, no señor.
Pues eso. Con la edición que acabo de comprar, ya son tres los ejemplares de este libro que rondan por mis estanterías -me niego a llamar biblioteca a un montón de libros que ido comprando y leyendo, sin ningún criterio- y serían más, muchos más, si no hubiera regalado o extraviado -de mano ajena algunas de ellos-; de hecho, en la antigua Librería Urbano de la Calle de las Tablas, en Granada, estoy seguro de haber comprado seis o siete ejemplares.
Ahora vuelvo a comprarlo y voy a devorarlo en breve; hace ya unos cuantos años que no lo leo completo; sí he vuelto a Historia argentina en tardes largas y pesadas, en momentos de hastío literario absoluto, buscando ese destello de genio, de auténtica literatura que tiene entre sus páginas. Y volveré a leerlo y volveré a pensar y a darle vueltas a por qué en España no ha existido un libro así, y proyectaré de nuevo una literatura donde hay mucho en común con estos relatos, con su forma de mirar, con su tremenda carcajada y su inmensa ternura de fondo.
Yo leí, por primera vez, Historia argentina, cuando se publicó en España, creo que en 1993. Hacía poco que había hecho un intento de abordar una especie de novela que iba a explicar la muerte (es lo que tiene la juventud: su ambición que ronda el ridículo). Era la primera vez que dejaba los renglones cortos de mi amada poesía para ver qué podía traerme eso, mágico, que se llama narrativa. Enseguida se me cruzó este libro de Rodrigo Fresán y mi mundo y mi formación, mi forma de acercarme a la prosa, dio un millón de vueltas: Fresán había escrito aquéllo que a mí me hubiera encantado escribir. Hay libros importantes en la biografía de uno por muchos motivos (una época, un amor, una edad, una estación), pero los libros que dan un vuelco a eso que uno llama mi mundo, son cruciales, sobre todo cuando ese mundo es el de la formación literaria. Para mí han sido volcantes, en poesía, Cernuda, Garcilaso, Claudio Rodríguez. Mi mundo narrativo se basaba en Faulkner y Onetti (sigue basándose, sí). El libro de Fresán, quizás, fue una puesta al día de todas mis tradiciones porque, ante todo, y sobre todo, es un libro radicalmente moderno (o postmoderno), donde se funde el pop con muchas tradiciones (y todo lo que va en medio del bocadillo) de una forma tan brillante que es difícil leer un libro donde resuenen más ecos, más tradiciones a la vez.
Si quieren pasar un buen rato, disfrutar de un buen (pero buen) libro, vayan a la librería y háganse con un ejemplar de Historia argentina. Van a ver a dos guaches que se funden con Maradona, al aprendiz de brujo, van a meterse un poco más en las Variaciones Godberg, van a disfrutar de una guerra, la de las Malvinas (vista por argentino, apasionado de los Rolling Stones), van a saber quién limpia los fogones de los restaurantes, y se van a reír, van a disfrutar como enanos, ahhhhh, y van a leer uno de los relatos más perfectos de todos los tiempos: El asalto a las instituciones, que un día, con calma, copiaré aquí para todos ustedes, y que termina diciendo: "No hay cosa más jodida, viejo, que andar queriendo olvidarse de lo que todavía no ha ocurrido"
Le he puesto un I a esta entrada, porque me gustaría dejar aquí mis impresiones cuando, dentro de unas semanas, haya leído de nuevo, al completo, este libro, que, de cierta forma, me fundó.
"Camino, miro a mi alrededor y me pregunto si, finalmente, la literatura no será esto: un infinito de árboles sin nombre que ha esperado durante siglos la llegada de un hombre voluntarioso que los bautice y que los haga reales para el resto de los mortales."
Les dejo enlaces a blogs que han tratado de este libro.
Teclados de Taiwán: (enlace)
Miríada (enlace)
Pequeños objetivos (enlace)
Hace un año y un día: Bienvenida, Marta (creo que te llamarás así)
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miércoles, abril 29, 2009
La vista desde Castle Rock, de Alice Munro
Recuerdo que hace ya algún tiempo, a raíz de una entrada en el blog de Miriam, se comenzó, en los comentarios, a contar las historias de nuestros abuelos, saltó un tiempo muy cercano al nuestro, pero remotísimo por los olores y los hechos, por unas vidas muy diferentes a las nuestras.Bastaría con remontarnos a cincuenta años atrás, o mejor, cien, para tener una novela ya entre las manos, pero, claro, habría que escribirla y dar forma a lo que nos ha llegado a través de historias de sobremesa, fotografías, recuerdos... Y tener una novela en las manos no es una novela, desgraciadamente.
Es justo eso lo que ha hecho Alice Munro (Wingham, Ontario. 1931) en La vista desde Castle Rock, uno de los libros más apasionantes que uno puede echarse a los ojos y al alma en estos últimos tiempos.
Munro quiere saber de los suyos y para eso se remonta hasta el Valle de Ettrick, en Escocia, al sur, creo, de Edimburgo, donde vivió, antes de emigrar a América, su tatarabuelo, William Laidlaw. Y desde allí, de una tierra con hartazgo de pobreza y superticiones, se embarca hasta la tierra prometida, desembarca con ellos, los ve luchar, crecer, asiste al nacimiento de las generaciones sucesivas y termina en 2004, cuando la propia Munro va a conocer el lugar donde murió su tatarabuelo.
El libro, construido a base de relatos, es un prodigio. Uno no sabe cómo, pero las historias te calan como una lluvia eterna. Parece que los seres que deambulan de un continente a otro, que recorren los caminos novísimos de Canadá, hubieran estado siempre a nuestro lado. Memoria, piedad y pasión, sí, como quería Faulkner. Se podría hablar, y me gustaría, de la diferencia entre la concepción de este libro de Munro, y el gran libro de la memoria de Faulkner, Absalom, Absalom, como en ambos casos el narradador, perdido, no cuenta lo que vio o vivió, sino lo que otros han oído de lo que otros vivieron. No los hechos, la memoria de los hechos, o mejor: la memoria de la memoria de lo que fue, una de esas ventajas, geniales, que tiene la narrativa cuando realmente cuenta.
No se pierdan este libro; es una absoluta joya.
Ya dejé en este artefacto un ligero extracto, hermosísimo (enlace)
Pongo un par de extractos del final que extraigo del soberbio blog Últimas Páginas (enlace)
Podría seguir investigando. Es lo que hace la gente. Una vez que han empezado, siguen cualquier pista. Gente que apenas ha leído en toda su vida se sumerge en documentos, y algunos que a duras penas habrían sabido decir en qué año empezó y acabó la Primera Guerra Mundial sueltan a diestro y siniestro fechas de siglos pasados. Estamos hechizados. Ocurre sobre todo en la vejez, cuando nuestro futuro individual se cierra y no podemos imaginar el futuro de los hijos de nuestros hijos, a veces incluso nos cuesta creer en él. No podemos resistirnos a revolver de este modo en el pasado, cribando las pruebas no fidedignas, vinculando nombres dispersos y fechas y anécdotas inciertas, aferrándonos a los hilos, insistiendo en unirnos a muertos y, por lo tanto, a la vida.
(...)
Ahora todos estos nombres que he estado reuniendo se relacionan con las personas vivas en mi mente, y con las cocinas perdidas, el lustroso borde niquelado en los amplios fogones de presencia dominante, los escurrideros de madera verde que nunca se secaban del todo, la luz amarilla de las lámparas de petróleo. Las lecheras en el porche, las manzanas en el sótano, los tubos de las estufas atravesando los agujeros del techo, el establo calentado en invierno por los cuerpos y el aliento de las vacas: esas vacas a quienes todavía hablábamos con palabras que eran corrientes en los tiempos del rey que rabió. “¡Sus! ¡Sus!” El salón frío y encerado donde se ponía el ataúd cuando alguien moría.
Y en una de esas casas -no recuerdo de quién-, una cuña mágica para sostener la puerta, una gran concha de nácar que yo reconocía como un heraldo venía de cerca y de lejos, porque podía acercármela al oído -cuando no había allí nadie para impedírmelo- y descubrir el tremendo latido de mi propia sangre.
Y les dejo a los que otros han dicho, mucho mejor, sobre este libro:
El tacto de un billete falso: (enlace)
En Ojos de papel se puede leer el prólogo completo y un relato entero (enlace)
Por mi parte, queridos niños y niñas, me tomo un respiro hasta el lunes. El festivo del viernes no me llevará a ninguna parte, pero dejaremos a Alice Munro hasta el lunes. Gracias por su generosidad. Un abrazo y muchos besos.
Hace un año y un día: Páginas amarillas (y XIV): Vivo
Hace un año: Un poema de Luisa Castro
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miércoles, marzo 18, 2009
Los padres antes de los padres (Luis Muñoz y Alice Munro)
Pensar, imaginar, en ese tiempo en el que no estábamos, pero en el que, tal vez, éramos un proyecto, una sombra, un atisbo, o mejor: cuando no éramos ni siquiera eso. Imaginarlos sin nosotros en un itinerario extraño y mágico que, precisamente, iba encaminado a nosotros.
Un tiempo en el que no estábamos y que, sin embargo, hemos vivido, de otra manera.
Leyendo el último (y genialísimo) libro de Alice Munro, La vista desde Castle Rock, una ráfaga en el relato Trabajar para ganarse la vida habla de eso. Leyendo el fragmento que les pongo me he acordado de un poema que adoro de Luis Muñoz, Años sesenta, de su libro Manzanas Amarillas.
Los dos, sin hablar de lo mismo, se dirigen a ese tiempo anterior a nosotros, en el que seguramente estábamos sin estar. Ambos están tocados de idéntica fuerza, de una sensibilidad arrebatadora en las líneas sencillas en las que enmarcan una emoción que, a mí al menos, me puede y sobrecoge.
(Por aquí me he ocupado de ambos: Luis Muñoz: enlace; Alice Munro: enlace)
Aquí los dejo.
Años sesenta
I
La sombra plateada de unos pinos
bordeando el mantel entre el almuerzo
un sábado de mayo.
Todos sonríen a la cámara
como si contuvieran
un pequeño sol entre los dientes,
la pulpa de algún convencimiento:
será el futuro, su retórica
de animal palpitante,
el brillo alrededor de su espejismo.
La cámara se mueve
alrededor de las parejas
con los pasos de un duende
benéfico. Brindan por ella,
por su ojo sumergido en el tiempo
como quizá brindaran por nosotros
si nos supiesen detrás ahuyentando su olvido.
Mis padres están cerca de la mesa,
bañados por la luz de un mismo sueño.
Ella adelanta su vaso, sonríe al objetivo,
él le toma los hombros y con la realidad
respira un argumento amable.
II
Una rara nostalgia, de condición difusa,
llamea como signo de ese tiempo
que sólo hemos vivido en la memoria de otros,
un tono y la visión de certidumbres,
y unos ojos con fuste, un candor desenvuelto.
Luis Muñoz. Manzanas Amarillas
"Cuando pienso en mis padres en la época anterior a convetirse en mis padres, después de haber tomado la decisión pero antes de que su vida la volviera -en aquellos tiempos- irrevocable, los veo no sólo conmovedores e indefensos, maravillosamente engañados, sino más atractivos que en ninguna época posterior. Es como si entonces nada se hubiese frustado y la vida aún floreciera llena de posibilidades, como si ellos disfrutaran de toda clase de poder antes de inclinarse el uno hacia el otro. Naturalmente, eso o puede ser cierto; debían de estar ya impacientes, mi madre seguro que estaba impaciente, con casi treinta años y soltera. Debían de conocer ya el fracaso, puede que acudiera el uno al otro con reservas más que con el optimismo exuberante que yo imagino. Pero lo imagino, como seguramente nos complace hacer a todos, para no pensar que nacimos de un afecto siempre cicatero, o de una promesa sin gran convicción. Creo que cuando llegaron y eligieron el lugar donde vivirían el resto de sus vidas, en el río Maitland al oeste de Wingham, en el municipio de Turnberry, en el condado de Huron, viajaban en un coche que rodaba bien por carreteras secas en un día claro de primavera, y que ellos eran amables y apuestos y sanos y confiaban en su suerte."
Alice Munro. Trabajar para ganarse la vida. La vista desde Castle Rock
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miércoles, septiembre 24, 2008
Tres historias europeas, de Lolita Bosch
Tenía muchas ganas de leer algo de Lolita Bosch (Barcelona.1970). Me había tropezado con su nombre varias veces en internet y me gustó -mucho- una entrevista que leí en Yes, you are right (enlace). Ni que decir tiene que ese nombre -Lolita Bosch- ejerce un poderoso influjo, lo cual nos llevaría a hablar de los escritores y sus nombres, pero, como escribiría Lolita Bosch, ésa es otra historia.Así que he comenzado con Tres historias europeas (Caballo de Troya.2005) y digo comenzado porque pienso seguir con todo lo que ha ido publicando esta escritora, que me ha entusiasmado.
Tres historias europeas consta, está claro, de tres relatos o, mejor, de una novela corta -nouvelle- y dos relatos: Pingüinos, Una: la historia de Piiter y Py y Elisa Kiseljak.
Pingüinos, la nouvelle, es una pieza maestra, una obra soberbia, perfectamente diseñada. Cuenta la historia del doctor Gladov-Klass, que, a través del estudio de una migración de los pingüinos, encontró un remedio para la ceguera y, de hecho, curó a la hermosa Mónica.
Basta leer el arranque, las dos páginas extraídas del tratado del doctor, y una magia -poderosa y lírica- se te mete muy dentro y te empuja a seguir leyendo esta historia. Pues se trata de eso, de una historia, con unos recursos de la narrativa oral -espléndidos- y un deambular del narrador (como los de Faulkner y Onetti) en torno a una niebla de acontencimientos que, no sabemos cómo, han llegado a él.
Pero nunca llegó a preguntárselo..., pero no se ha podido certificar..., Se ignora por qué..., Pero los motivos por los que la madre sentía aversión por el país en el que había residido durante casi treinta años son difíciles de discernir... El relato está repleto de este tipo de expresiones que señalan ese camino que podría abrirse ante nosotros si, en la encrucijada, tomáramos otro, en vez del que continúa la narración. Este tipo de narrador, que está tan perdido como el lector, es imprescindible en la narrativa moderna y Lolita Bosch borda esta voz que va modulando el soberbio relato.
La arquitectura narrativa de Pingüinos es, además, un ejemplo de buen hacer. A través de idas y venidas, el relato avanza en círculos que se expanden y contraen, abarcando un montón de años. De esta manera, el lector tiene la historia y la prehistoria sin que se haya forzado nada, fluyendo el relato con una naturalidad prodigiosa.
Una: la historia de Piiter y Py es el retorno de un judío de Nueva York al campo de concentración en el que murieron sus padres. Doble tiempo: el de la vuelta, remota, y el de la ida, que será también camino de vuelta. Lo mejor es una especie de temperatura ambiente que casi ni siquiera está mencionada en el relato, una atmósfera, algo que no sabemos qué es pero que percibimos, como pasa siempre con la alta literatura.
Elisa Kiseljak es un relato que, a través de la suavidad, busca la aspereza del dolor y la memoria. Articulado en torno a ese prodigio que halló Faulkner y que tantas veces he mencionado por aquí (La memoria sabe antes de que el conocimiento recuerde), Lolita Bosch arroja luz sobre el sentido que buscaba Faulkner y lo encuentra en un discurso caótico e interior que es demoledor, pura literatura, perfecta y, por tanto, directa al alma. Un gran relato sobre un tema muy peligroso -el abuso infantil- por lo difícil que era, a priori, escapar a algunos tópicos.
Así que, queridos niños y niñas, no lo duden: Tres historias europeas es un libro enorme de una escritora que sé que va a ser enorme. Iré desgranando sus otros libros por aquí muy pronto.
Hace un año: Felicitando el otoño: un poema de José María Álvarez
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martes, septiembre 16, 2008
David Foster Wallace, in memoriam (En lo alto para siempre)

Cuando el bueno de Miguel Ángel Muñoz hizo aquella famosa encuesta sobre los mejores libros de relatos de los últimos años, en mi votación, y sin dudarlo, incluí La niña del pelo raro (Mondadori.2000), de David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962-Claremont, California, 2008), uno de los libros que más me ha alumbrado en estos últimos años.
Desgraciadamente, David Foster Wallace se suicidaba el pasado viernes, dejando sin terminar -o no, quién sabe- una de las obras más inteligentes y audaces de la literatura última. Por aquí se ha publicado, siempre en Mondadori (pongo el año de edición en España), Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001), Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2001), La broma infinita (2003), Extinción (2005) y Hablemos de langostas (2007). Afortunadamente, me queda sin leer La broma infinita, con sus más de mil páginas y el último publicado. Creo que todos han sido traducidos por la mano maestra de un siempre soberbio Javier Calvo.
Merece la pena -y mucho- leer a Foster Wallace. No exento de humor (de hecho, le viene al pelo el adjetivo de tragicomedia), es una lente privilegiada con la mirar nuestro tiempo, algo que no, no se ha hecho tanto. Exagerado, tumultuoso, nos quedamos sin un escritor de talento desbordante.
Lo más inteligente que he leído por ahí, ha sido el acercamiento que ha hecho Alvy Singer en Masacre en los jardines (enlace), por lo que me remito a él.
Yo, como homenaje, pongo aquí un relato completo -iré haciendo esto más a menudo-, el magnífico En lo alto para siempre. Lo saco de Barcelona Review. No se lo pierdan.
En lo alto para siempre
Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.
Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.
Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.
Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.
La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.
Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.
Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.
En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está
Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.
Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.
Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.
La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.
Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.
La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.
Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de lo alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.
Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por
Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.
Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.
Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.
Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.
Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.
En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.
La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.
Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.
Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.
Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.
Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.
Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.
Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.
Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.
Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, o cuando resulta que el pensar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.
La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.
Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.
El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.
Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.
Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa de las golosinas baratas.
Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.
Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.
Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.
El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.
Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.
Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.
El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?
Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.
Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?
Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.
Eh.
Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.
Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es1a sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.
Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.
Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?
La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.
El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.
Hola.
martes, junio 03, 2008
El gallo pelao
Ayer (no sé por qué) me acordé de esto:
- ¿Quieres que te cuente el cuento del gallo pelao?
- Sí.
- Yo no digo que si sí o que si no, yo sólo digo que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelao.
- No.
- Yo no digo que si no o que si sí, yo sólo digo que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelao.
Me consta que en otro sitios de este país, no era el gallo pelao, sino el gallo Kiriko.
No sé cuántos se acordarán de esta historia sin fin (no sé si existía en la época de los más jóvenes), pero, además de un mosquea-niños fabuloso, y de un ligero toque de crueldad muy fashion, hoy, al acordarme, he pensado que se trata de un artefacto narrativo perfecto. Impecable. El oyente, a merced del narrador, necesita saber ese cuento. Tanto si es el gallo pelao, o el gallo kiriko, el nombre actúa como un imán poderosísimo del que no puede escapar (me estoy acordando de un artículo perfecto de Antonio Muñoz Molina sobre la importancia de los nombres de los personajes de novela en su libro Pura alegría, que editó Alfaguara).
No sé, además, cómo actuará la historia en un niño de los de hoy, acostumbrado a los vídeo juegos, que son muy de aquí te pillo aquí te mato y que si vas sorteando historias, peligros y malos, llegas al premio. El cuento del gallo pelao, con su callejón sin salida, podría fascinarlos (no lo sé) o, a lo mejor, fastidiarlos para siempre. Se me ocurre un ensayo (que podría escribir Alvy): Los cuentos orales en la España de los 70 y la narrativa de los vídeo-juegos.
No sé qué pensarán ustedes.
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miércoles, mayo 07, 2008
Mil cretinos, de Quim Monzó.
A estas alturas, presentar a Quim Monzó (Barcelona.1954) resulta casi innecesario, pero diré que es uno de los mejores escritores de relatos de nuestro país. Poseedor de un mundo propio, de una forma de narrar inconfundible y de una postura envidiable hacia el relato y la literatura, cada entrega de Monzó es una fiesta (al menos para mí).Mil cretinos (Anagrama.2008) presenta un paso adelante en la obra de Quim Monzó, un más allá de la narrativa corta y me explico. El libro se divide en dos partes. La primera está compuesta por siete relatos que podríamos catalogar (aunque no es así) como tradicionales, mientras que la segunda son pequeños relatos y, sobre todo, estampas, líneas sobre algo que el autor ha observado, algo que se plantea.
Los relatos, claro, son soberbios. Llama la atención que dos de ellos (quizá los mejores), El señor Beneset y La llegada de la primavera -el más largo del conjunto- están dedicados a la vejez, a ese deterioro implacable que los hijos ven en los padres cuando avanza la edad. Son tan geniales, que me dan ganas de mandar un ejemplar a cada lector de este blog para que no se los pierda. Hay un elemento común en ambos; se trata de esa frase que alguna vez, estoy seguro, todos hemos oído decir a alguien (a nuestros padres, a nuestros abuelos, a unos parientes). "Si pudiera me tomaría una de esas pastillas que hay, que te duermen y una vez que te has dormido ya no te despiertas, porque no es sólo que te duerman, sino que mientras te duermen te matan sin ningún dolor." Es algo mágico, que funciona como elemento aglutinador de estos pasos de Monzó en la vejez, en el alzheimer, la demencia senil, las residencias para la tercera edad, las casas de nuestros padres, que se quedan solas. Con humor -como dios manda- pero con una infinita piedad, con una mirada lúcida y muy inteligente.
El paso adelante del que hablaba son esas estampas, que son algo que se ve, que se piensa, todo en un instante privilegiado, no por él, en sí mismo, sino por la revelación profunda del absurdo en el que estamos metidos todos (lo queramos o no). Así, El tenedor nos cuenta algo muy sencillo: un tenedor que cae mientras una pareja va a sentarse a comer. No hace falta más para que Monzó diseñe un universo, un tratado sobre cómo somos, sobre los que nos pasa. Shiatsu es como una cámara que pasa por el interior de un bar donde un grupo de estudiantes se va haciendo cada vez más grande. La plenitud del verano, con un grupo de familiares que se encuentran, es humorada plena, una delicia que asegura varias carcajadas.
Quim Monzó en estado puro. No se me ocurre nada más y eso, niños y niñas, es mucho, mucho, mucho. Corran a por este tomito de relatos de Monzó. Creo que me lo van a agradecer.
Dejo un par de enlaces a unas reseñas que han gustado, esperando la disección fina de Miguel Ángel Muñoz (un abrazo):
Crítica de Angel Basanta en El Mundo (enlace)
Reseña en el blog Huracanes en papel (enlace)
Copio directamente (espero que Anagrama y Monzó perdonen la infracción de la propiedad intelectual) el relato La sangre del mes que viene
La sangre del mes que viene
Durante el reinado del buen rey Herodes vive en el áspero pueblo de Nazaret una mujer llamada María, casada con un carpintero afable, José.
Una magnífica mañana de primavera, el arcángel Gabriel visita a la mujer y le dice: "Dios te ha concedido su gracia, María; el señor está contigo."
Las palabras del alado la aturullan. ¿Por qué saluda con tanto protocolo? El arcángel habla: "Dios ha decidido que tendrás un hijo; lo llamarás Jesús."
A María le cuesta entender qué quiere decir y por eso el arcángel se lo repite: "Ningún miedo, María. Dios te ha concedido la gracia de un hijo; lo llamarás Jesús."
Pero María se niega en redondo. "¿Cómo que no?", se desconcierta el arcángel. María no se vuelve atrás: "Ni hablar. No estoy de acuerdo. No tendré ese hijo."
Hace un año: No es de mayo este aire impuro (I)
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lunes, octubre 15, 2007
Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas

Salgo reforzado, muy reforzado, de este nuevo libro de relatos de Vila-Matas. Y salgo contento, muy contento. El motivo es sencillo: un libro como éste te devuelve la fe en la literatura, te devuelve las ganas de leer, de jincharte (Pichanube dixit) de leer y escribir, de contar, de que te cuenten.
Fui un asiduo de Vila-Matas. Lo seguía a ciegas, con esos ojos vendados que la juventud le da al joven lector que proyecta libros y necesita maestros. Hace unos pocos años, con la serie Bartleby y compañía y El mal de Montano dejé pasar dos títulos: París no se acaba nunca y Doctor Pasavento, libros que voy a leer enseguida.
Imagino que haber abandonado la lectura de Vila-Matas no fue culpa de él, sino mía, por el hecho de ir buscando ficción pura, si es que esto es posible. Más allá de los géneros, más allá de las formas de novelas, lo que uno necesita, al fin y al cabo, son grandes libros, libros enormes, como este Exploradores del abismo (Anagrama.2007)
Exploradores del abismo es un libro de relatos, de exactos y casi perfectos relatos, marca de la casa, con ese sello que da Vila-Matas a cuanto hace. Mezcla exacta de vida y literatura, de historias que se oyen, historias medio inventadas e historias personales. Vila-Matas deja la página abierta para que entre todo lo que tiene que entrar, como si al final el libro no fuera el libro, sino lo que sucedió mientras se trabajaba en el libro o lo que pudo suceder cuando se vislumbraba un texto. Un juego que consiste en no utilizar el colador, en vertir el líquido tal cual, para que entre en el vaso todo lo que es el líquido: es decir, el propio líquido, sus grumos, sus impurezas, el polvo depositado, el rastro del cristal que lo contenía.
Café Kubista es una introducción memorable, con un trazo biográfico importante para la comprensión del libro, y cuyas claves encontramos en el relato final: Porque ella no lo pidió. La modestia es la historia de un espía que anota lo que oye en el autobús (me acordé de Jesús Alonso y su espléndido Albornoz) La gota gorda es un tratado sobre el cuento, el relato y la novela. Niño cuenta la historia de un padre que desea, lógicamente, que su hijo muera. Así son los autistas cuenta cómo alguien inventa el sorteo de un viaje y al final lo que toca es un cambio o no de vida. Materia oscura habla de una pareja que pueden ser todas las parejas. Fuera de aquí es un cuento que relata la historia de un fiscal ruso, viudo y padre de dos hijos revolucionarios y de dos hijas gemelas que preguntan cosas extrañas (genial, divertido, perfecto). El día señalado cuenta la historia de una maldición, de una reportera y de una tormenta. Amé a Bo es un relato de corte futurista en el que el protagonista, solo en una nave que iba a Nueva York y se pierde en el infinito, nos cuenta su historia y todo lo que sucede después, cuando aterriza en un planeta donde la risa es esencial. Además, se incluyen unos relatos muy breves (no me gusta el término microrrelatos), que son un prodigio de sugerencia.
Porque ella no lo pidió es algo más que un relato. Además de ser una pieza digna de figurar entre los mejores relatos de todos los tiempos (no exagero, estoy emocionado con este texto), es un artefacto hermosísimo y espléndido. En él Vila-Matas va a traspasar al relato un juego infinito en torno a un extraño encargo que le hace Sophie Calle, incluyendo lo que escribe para ella. No quiero decir más, sólo que se lea, que aquel que lo haga se está proporcionando un texto mágico, un trozo de prosa que es un lujo, una joya, un motivo para seguir leyendo. (En este enlace hay un artículo en El País de Vila-Matas sobre Sophie Calle)
Bendito Vila-Matas.
En el blog El dormitorio de Maud se puede leer una magnífica reseña (enlace) y también en el siempre espléndido El lamento de Portnoy (enlace)
Hace un año y tres días: Micah P.Hinson (un vídeo)
Hace un año y dos días: Micah P. Hinson (dos discos)
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jueves, mayo 17, 2007
Perros verdes, de Agustín Cerezales

Plantearse escribir un libro de relatos con ocho historias de extranjeros que terminan viviendo en España es, en mi opinión, algo diabólicamente difícil por el componente inevitable que tiene de forzar argumentos.
Sin embargo, Agustín Cerezales (Madrid.1957) consigue superar ese reto en este libro de relatos, Perros verdes, editado en 2005 por la nueva editorial Menos cuarto, en su colección Reloj de arena, dirigida por Fernando Valls y dedicada al género corto, con lo cual no queda sino felicitarla y felicitarnos.
Originalmente publicado en 1989 en Lumen, Perros verdes es anterior a la novela Mi viajera (Alfaguara.2001), una de las mejores novelas españolas de los últimos años, bien recibida por la crítica en su día y que enseguida, desgraciadamente, dejó de ser nombrada a pesar de ser un ejemplo de construcción, de saber hacer y de demostración de las cualidades de un soberbio novelista. Como no creo que Cerezales tarde en publicar una nueva novela, volveremos, sin duda, a hablar de él.
Como decía, Perros verdes está compuesta por ocho historias que tienen en común un personaje central, extranjero, que por una razón u otra, termina en nuestro país. Los relatos narran las idas y venidas de esos personajes, sus sueños, sus derrotas y su victoria final sobre las circunstancias. Alrededor de una mirada dotada de ternura y piedad hacia ellos, es común a todos una buena construcción y un humor soterrado contínuo que a veces desborda en carcajada.
Expediente en curso (Basii Afanasiev) nos cuenta la historia de amor platónico entre el protagonista y una desconocida, a través de un curioso lenguaje de tuberías, agua y ducha. El pan y la sal (Marcel Langrage) relata cómo una pasión culinaria puede llevarte a cambiar de vida, a arriesgarla y a volverla a encontrar. Sin respuesta (Inés Pereira) es la historia de un desbordamiento amoroso de un personaje marginal, que se llama punk, hacia otro absolutamente convencional. Moraleja (Ana Perurena) es la odisea de la protagonista en la búsqueda y recuperación de sus seis hermanas por toda nuestra geografía al tiempo que comienzan a abrirse puestos de castañas. Juicio final (Aldo Petucci) cuenta la historia de una devoción hacia el protagonista, un personaje tranquilo, pasivo, inquietante y asesino. Huella leve (Mitu Fit Sin) relata la historia de un japonés que llega a España a escalar el Mulhacén buscando la Verdad y cómo termina encontrándola en el pie de una mujer, volviendo a perder esa Verdad y lanzándose de nuevo en su búsqueda.
He dejado para el final el relato Increíble (Nastassia Filipovna), soberbio, que cuenta el deslumbramiento de un hombre maduro al ver una bailarina rusa, una odisea en una ciudad de provincias, un tremendo olvido y un final delicioso. En prosa (Dora Kronen) relata cómo la alemana protagonista, por un equívoco, llega a una España de la que no tiene buenos recuerdos y que la vuelve a meter en una espiral de equívocos y disparates que son, justamente, los que van a ir delimitando su destino. Divertido y ejemplar, un gran relato.
Llegué a este libro por recomendación de mi librería, Altazor, que, por cierto, descubro que ha abierto un blog: La tertulia de Altazor.
Tan sólo puedo añadir que siendo reacio a esa construcción que al principio pensaba como forzada, los relatos de Perros verdes, sin embargo, poco a poco, me han ido convenciendo de que estaba leyendo lo que es: un magnífico libro de relatos que no hay que perderse.
Hace un año: No tires las cartas de amor, de Joan Margarit
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miércoles, enero 17, 2007
El malestar al alcance de todos, de Mercedes Cebrián

Hay libros que le devuelven a uno la fe, sí, así como suena (¿debería escribir Fe?). Fe en la literatura, en la poesía, en el relato como forma de profundización; fe en los nuevos autores, fe en las editoriales. Y también fe en que es posible la independencia, la libertad creadora y un discurso alejado de códigos, catedrales, sábanas santas y demás cacharrería.
Detrás de esta colección de nuevos autores, Caballo de Troya, que pertenece a Random House Mondadori, está (no podía ser otro) Constantino Bértolo y está como siempre: apostando por voces nuevas y con mucho que decir. Su labor en Debate fue impecable y aquí también, por lo que veo en el catálogo.
Mercedes Cebrián (Madrid.1971) nos entrega aquí su primer libro, habiendo publicado antes relatos sueltos en varias publicaciones. Es licenciada en Ciencias de la Información.
El malestar al alcance de todos (Caballo de Troya.2004) está compuesto por 14 relatos y 11 poemas. Pensando inicialmente por la autora como un conjunto de relatos, fue el propio Bértolo el que la convenció para ir intercalando poemas
Ese conjunto mixto, de verso y prosa, no sólo lo hace atractivo, sino que supone un continuo contrapunto que funciona a nivel de mirada y de visión de mundo. Ni que decir tiene que ambos, poemas y relatos, son magníficos y están a gran altura.
Los relatos de Mercedes Cebrián funcionan como una lupa de aumento de una serie de personajes tipo con las mismas características: urbanos, occidentales, cuyo malestar no es sino una forma de estar en el mundo.
Así, Aluminosis es el discurso de un recién casado que se va escribiendo en un futuro próximo; Algo resentido de este pie disecciona la relación de una pareja; Retóricos anónimos es el diario, ácido y divertido, de un adicto a la cultura en fase de desenganche; Dar posada al peregrino es el relato de una mujer con varias tarjetas de visita; Del verbo perder es un retrato, magistral, de ese uso del plural que hacen ciertas parejas (pondré un trozo); El mueble auxiliar presenta a dos mujeres, madre e hija, ante la reciente separación de la primera; Virgen de Agosto es una pincelada del verano, un análisis de paso del tiempo, de la nostalgia; en Tempus fugit alguien que ha pedido que le visite la muerte, la recibe en el peor momento; Material de oficina es un vistazo a las relaciones laborales, a la ternura y a la crueldad, al amor; En el país de los ciegos nos cuenta la convención anual de escritores de libros de oferta; El increíble poder de los faquires nos habla de pintadas y desamor, de soledad; en Saltarse las casillas alguien, pensando en el futuro, compra un apartamento para la vejez; Libro de Familia, a través de las diferentes ediciones de un libro, nos da cuenta de la demolición de una familia; Los cuatro jinetes es un relato de futuro, cuando sobre la tierra ya sólo queda un solo hombre y una única mujer.
En definitiva, una variedad estilística encomiable bajo una poética común: la disección, a través del humor y el acercamiento, de todo lo cruel, despiada y tierna que es nuestra vida. Así comienza Del verbo perder:
" Marina ha vuelto a hablar en primera persona del plural, se venía venir. Todo empezó cuando salía con Alfonso, y a partir de ahí, frases como No solemos cenar fuerte o Nos gustaría ir a la sesión de madrugada fueron conformando una especie de halo protector infranqueable entre los sujetos de la frase y el resto de la humanidad, colectivo del que yo formo parte. Huelga preguntar cuál era el otro sujeto de ese no cenar fuerte o ir al cine tan tarde. Alfonso, presente o no en ese momento (pero tan siempre ahí, en el enunciado) era la silueta troquelada a imagen y semejanza de Marina, y con amos la palabra novios se cargaba de significado hasta extremos intolerables."
En cuanto a los poemas (por cierto, Mercedes Cebrián acaba de publicar Mercado común, un libro de poemas, también en Caballo de Troya), decir que Cebrián anota una voz nueva con un conglomerado jugosísimo de ternura y acidez; la libertad en la versificación y una capacidad de observación muy rica, nos entregan poemas con un acento contemporáneo ineludible, hablando sobre lo que más importa (al menos a mí): el aquí y ahora, que seguramente son los de siempre. Os dejo un par de poemas:
Ciudad pronto (ya mismo)
Al final, lo redujeron todo
a extrarradio
y quitaron en centro.
Yo he conocido el centro: sonará cacofónico
pero el centro era atrezzo, decorados variables -cerraron este bar,
abrieron una agencia de viajes- para un estrellato
modesto, adaptado a nosotros.
Su armazón invitaba al titubeo, permitía
el no saber qué hacer con el futuro que te habían
depositado entre las manos como un paño caliente
de restaurante chino después de la ternera
con bambú -al final aprendías
a limpiarte con él, aprendías
a manejar esa pieza de felpa, enrollada
y ardiendo, que borraba las huellas de lo pegajoso.
En cambio el extrarradio
lo sabe todo
desde la perspectiva de sus zonas
insultantemente ajardinadas.
Me acuerdo de un juego con tablero,
un juego de la infancia: árboles, casas, coches,
muñecos de sonrisa obligatoria. Vidas con un recorrido ya trazado.
con transacciones comerciales ya organizadas,
con decisiones ya tomadas por otros para ti
en los cartoncitos de las preguntas.
Como en el extrarradio: calles con nombres de flores
todas juntas. Planetas
todos juntos, pintores agrupados
en otro sector
(la palabra sector es muy frecuente).
Nunca un río con una actriz difunta,
y menos un escritor con un volcán.
----
Tres acercamientos a otras generaciones
I
La Asociación de Amas de Casa Viudas
de Campo de Criptana
somete a votación
el hecho de ir a Huelva
o a La Manga en agosto.
Doce manos alzadas a favor de La Manga,
ocho en apoyo de Huelva.
Me conmueve hasta dentro su microdemocracia
manchega -muchas nacieron antes del 33, año en que se implantó
el voto femenino en España-,
ese impulso inconsciente
que les lleva a apuntar con el dedo el gotelé del techo, por otra parte
la urna más sincera.
(...)
III
Ayuda a los ancianos a recargar el móvil,
a manejar el mando de la televisión.
No tuvieron acceso a juguetes didácticos, se educaron
en la pedagogía de una harina muy basta
- la boca tan reseca
para cualquier amago de opinión.
Ayúdales tú hoy a comprender los aparatos negros,
presagios de ataúd: queda tan poca arena
en el reloj digital del equipo de música
Nota: no pongo la segunda parte por falta de tiempo; luego lo pongo en los comments para no dejarlo incompleto, que sería un crimen por mi parte.
En este enlace podeis leer una entrevista a Mercedes Cebrián.
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