El viernes iba a ir a Granada. Varios temas habían hecho posible la posibilidad de no ir, pero al final decidimos coger el coche, a las cuatro de la tarde, y meternos en carretera -como se decía antes-. Una de las posibilidades que impedían el viaje había sido la salud de Mus. Con unas transaminasas por las nubes desde que volvió de Francia en agosto (una intoxicación hepática seguramente producida por los litros de ríos franceses que se bebió), hace sólo tres semanas que han comenzado a bajarle y hoy lunes tenía un nuevo análisis de sangre, que se cambió al jueves previendo el cansancio del viaje y que éste no alterara el resultado.
Ya en el coche, y con sólo unos 40 kilómetros recorridos, Mus -que viaja muy bien en coche- comenzó a llorar, a ir de un lado a otro del asiento trasero y a pedir que le abriera la ventanilla. Jadeaba -y no hacía calor- y abría mucho la boca, señal inequívoca del mareo. Paramos en un par de ocasiones, hasta que, a la altura del punto kilométrico 100, nos volvimos a Majadahonda, posponiendo el viaje.
Cuando volvíamos, nos planteamos qué pensaría Mus cuando, de repente, apareciéramos en su parque de todas las tardes en vez de en Granada, si se podría contento o no, y me acordé de esta cita de Chuang Tse, que encabezaba aquel libro que se llamaba Belber Yin, de Jesús Ferrero:
La pureza extrema es no extrañarse de nada.
Era eso. Mus no se extraña de nada. Acepta y disfruta, por igual, aparecer en Granada o en su parque queridísimo de todas la tardes. Si tras las maletas y los kilómetros aparece en Francia, no se extraña, se baja del coche haciendo exactamente lo mismo que si se bajara en Granada o en Majadahonda. Para él, ya lo he contado por aquí otras veces, el presente es eterno; no hay pasado y, sobre todo, no hay futuro. Mus lloraba y jadeaba porque no se encontraba bien. Si tras el coche, hubiera aterrizado en la luna, no se habría extrañado, hubiera levantado la pata y hubiera hecho pis sobre un fabuloso cráter lunar.
De vuelta, con un fin de semana casero, disfruto de este post de José Montalvá, al que leo siempre con fervor. No añadiré nada, tan sólo le agradeceré la altura de sus blogs y, claro, los recomiendo.
Un chiste desorientativo
"Como padre, no soporto pensar en todo aquello que yo no puedo controlar", he dicho. He querido tener un hijo; sin embargo, no he querido ser padre. Ser padre supone asumir otros muchos prejuicios, cargarse de ellos. Voy a ser, por tanto, anti-padre.
En mi particular lucha contra el manierismo, el padre cargado con todos sus prejuicios de padre es mi principal enemigo. Matar al padre, en ese sentido, no es tanto matar a mi propio padre, que me hizo y ya se hace viejo lejos de mi casa y ya no me afecta de una manera tan, digamos, directa; sino matar al padre que llevo dentro, cargado de todos los prejuicios asumidos por los padres. Determinar estos prejuicios; proteger sin proteger, aconsejar sin aconsejar, educar sin educar; todo ello es otro asunto.
De mi hijo agradezco la posibilidad de observarle. Es una delicia y es Arte. Cada una de sus diminutas actividades excluidas de lenguaje (reglado) es una maravilla del Arte y de la Vida. No soporto que se me hable de Arte, no obstante, a partir de ahora.
Cuando se habla de Arte, en general, se dice de una cosa sofisticada, henchida de absolutos que la hinchan y la hacen grande y, determinantemente, INSOPORTABLE. Creo que, afortunadamente, ese Arte ya solamente es un mal recuerdo. Ya, afortunadamente, se puede consumir la obra de los autores antiguos de esa otra manera, liviana, despegada de sofisticados protocolos que la llenan de rigidez y la matan.
Alguien dijo que lo pequeño es hermoso. Yo prefiero invertir los términos, es decir: lo hermoso es pequeño. Si no, no es hermoso.
Y del fragmento, a través de los comentarios, descubro que un poeta al que he leído siempre con ganas, Javier Cánaves, tiene un blog, Tu cita de los martes, y que deja en él una canción de Wilco que me gusta: Jesus, etc. y que traigo hoy aquí, como resumen de un fin de semana extraño y del que no me extrañaré.
Hace un año y dos días: Un abrazo a Luis García Montero + Lights on don't mean I'm in home, de The Secret society
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lunes, noviembre 16, 2009
lunes, junio 15, 2009
Mus y el sexo (y Alizee)
Vuelvo de viaje y, entre otras cosas (gracias, Marsu, por el soberbio poema de Neruda, que subiré) me encuentro con un Mus absolutamente en apogeo, salidísimo, totalmente enamorado.
Enseguida me entero del motivo. En la urbanización de al lado, una amiga suya, Chusca, está en celo y Mus lleva ya varios días llorando, aullando, nervioso, queriendo salir a todas horas. Chusca tiene 11 años y cumple el sueño de Mus: que la perrita en cuestión sea mayor que él, cuanto mayor, mejor. (En eso, tengo que reconocerlo, ha salido a mí, que siempre he preferido la edad en la mujer).
Hay dos periodos en los que, mágicamente, se juntan los celos de las perritas de mi casa y alrededores: verano y navidad. Ha habido épocas en que, en mi portal y en los dos siguientes, ha habido hasta tres perras en celo y eso es mucho, queridos niños y queridas niñas.
Mus no lo pasa bien en esas épocas, pero es muy hermoso contemplarlo. Se sienta en mitad del salón, a la noche, y lanza un aullido precioso, una de esas imágenes y esos sonidos que vencerían a mil documentales de National Geographic. El aullido de Mus es algo que viene de lejos, de muy lejos, y estará ahí cuando todo se haya ido al garete. La llamada de lo natural (es decir, el folleteo) es tan poderosa que Mus alza ligeramente el cuello, mira al cielo y aulla. Yo he visto, en esos celos poderosos con conjunción de varias perrillas, cómo Mus ha pasado una noche en blanco (para él, eso es mucho) y ha estado hasta tres días sin probar bocado. Me he acordado de esos amores poderosos del renacimiento, o de Dante, o de Werther, de esos enamorados que dejaban de comer y me pregunto si no sería, en el fondo, ganas, simples, de folleteo.
Lo mejor, y a lo que iba escribiendo esto, fue la noche del sábado. Una tormenta feroz, con truenos tremendos, visitó Majadahonda. A Mus no le gustan un pelo los truenos. Al principio, les ladra y cuando comprueba que el ladrido no los ahuyenta, esconde el rabo y se refugia, temblando, cerca de alguien. Sin embargo, y pese al miedo tremendo, en mitad de la tormenta, Mus quiso salir alrededor de media noche, buscando a su Chusca de alma (le serviría, desde luego, cualquier otra). Acojonadísimo, sí, con un miedo atroz, pero Mus salió a la calle, volviendo a demostrarme que su salidismo o salidez (también el nuestro, estoy seguro) es superior a su miedo, que hay algo más potente, una llamada que viene de lejos pero que está aquí.
Afortunadamente, Mus, con los años, se ha convertido en un experto onanista que sabe ahuyentar ciertas llamadas con un par de toques maestros (y aquí, sí, me acogeré a la quinta enmienda o a la que sea y guardaré silencio, no diré jamás si esto es cosa de familia o no).
Y como viene a cuento, les dejo un vídeo que recibo de un siempre genial Manolo Picaruelo. Qué cosas... y pensar que uno ha estado en Francia y que no se ha cruzado a esta chica; habrá que volver, digo yo.
Hace un año y cuatro días: Un poema de Aurelio González Ovies
Hace un año y tres días: Casa de citas: Dostoievski
Hace un año y dos días: A vuelta con la crisis + Publicidad: perrillos + Mi fútbol + Un truquito de magia
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lunes, diciembre 29, 2008
2008

Mus, en un ejercicio acelerado, sigue con su ciclo vital; en plena madurez a sus 7 años, adora el juego, valora cada vez más las caricias, se asusta más de los petardos y es capaz de seguirte en un día completo de descanso, a tu lado, imperturbable.
He estado unos días en Ibiza y he descubierto Francia.
Sé que terminaré en Ibiza, tal vez en Bali.
No he terminado el libro de poemas en el que llevo desde hace nueve años y, tal vez, nunca lo terminaré.
He descubierto a Bon Iver, he leído a Vila-Matas y termino el año leyendo una novela que me está gustando: Un día perfecto, de Melania Mazzucco, y un disco que me tiene absolutamente emocionado: el debut de Glasvegas (rabia, épica y murallas de sonido a lo Phil Spector, con The Clash al fondo)
Me ha apasionado un plato: penne a la putanesca, que he repetido muchas veces, y vuelvo al huevo frito con patatas siempre que puedo. He vuelto a descubrir el café.
He anotado cuatro o cinco cosas que terminaré olvidando. He huido del gimnasio y tengo que retomarlo. He trabajado a disgusto y, muchas veces, a gusto.
He buscado sin cesar la música perfecta, he escrito correos electrónicos a gente que no olvidaré nunca, y he recibido mensajes generosos de personas que no conozco.
He pasado frío, algo más de costumbre, y me he resfriado dos veces. No he intentado dejar de fumar. Me he emborrachado una vez: el 19 de diciembre.
He visto a Andrés, un nuevo sobrino. Y he hablado con Miguelillo, que ha sido padre. Y me he escrito con Miriam, que ha sido madre. El mundo se renueva, mágica y luminosamente.
Soler me ha mandado un disco, como en los viejos tiempos.
No sé si mis días se parecen o no a lo que había soñado para ellos; un año más, estreno almanaque con esa sensación de no haber aprovechado el tiempo y, sin embargo, cada vuelta al calendario sé que no importa demasiado.
He pasado un par de días maravillosos con Ana y Nicolás. He hablado con Martínez, espléndido, generoso, genial. He leído todos los correos de Gun y he querido, muchas veces, poder transportarme a Granada, y dar un paseo con él. Lo adoro.
Me gusta el rumbo de mis hermanas, la fe y la fortaleza de mi madre, el recuerdo constante, dulce, de mi padre.
No me gusta el ejercicio acelerado del tiempo, sus ráfagas vertiginosas, sus años cada vez más cortos, cómo van cayendo las cifras de una goleada, que ya no sé si es a favor o en contra, si soy el equipo de casa o el visitante.
He tenido el sol, aquí mismo, dando luz, en el salón de mi casa, todos los días del año.
Hace un año y dos días: Una historia verdadera
Hace un año y un día: Feliz año (Hyms to the silence)
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lunes, diciembre 03, 2007
Las cosas que me digo: Donde se habla de almanaques (y Tercera parte)
Mus es puro presente y me explico. Hace un tiempo, M. me decía que el hecho de que Mus (un perro) durmiera o pudiera dormir tantas horas se debía a que a él no le preocupa el mañana, ni siquiera el más tarde, el después. Vive en un presente eterno.
Para Mus no hay un futuro. Todo lo más, ese ciclo del día que conoce y donde coloca lo que a él le importa: el juego, el paseo, los mimos, la comida. Su única noción del tiempo es un ahora, adorable y envidiable. Por eso, tal vez, si salgo dos minutos exactos, lo suficiente para comprar tabaco, me recibe con una alegría exultante, como si me hubiera ido hace años. A él le da igual. Su presente es inmenso y en él coloca lo que le importa: que estemos juntos, que vuelva, que volvamos a vernos.
Nosotros, los que andamos a dos patas (aunque no siempre), somos distintos. El presente está lleno, repleto, de pasado y, sobre todo, de futuro (tengo que hacer tal, no puedo, he quedado a las dos, luego tengo que llegarme a..., a ver si me diera tiempo mañana), de un futuro inmediato que nos come, que nos roba cada instante, que le está quitando el posible sentido que tenga el curso de nuestros días, es decir, nuestra vida.
Cuando uno va cumpliendo ya ciertos años y la vida de detrás, el pasado, se ha ido conviertiendo en un cúmulo que tiene su peso, lo que hay por delante, además de muy valioso, es crucial, esencial, en el sentido de que la cosa va en serio (como escribía Gil de Biedma) y que no hay tanto tiempo como uno pensaba, con lo cual, segundas y terceras oportunidades ya no son posibles. Por eso el presente se nos planta delante como algo a lo que deberíamos aspirar, por encima de todo.
La comida, los placeres culinarios, y el sexo, los placeres de alcoba, son dos de los pilares esenciales sobre los que sustenta cualquier vida a partir de cierta edad. Y, ¿por qué? Fácil, facilísimo: porque son puro presente, presente puro, y en el instante del papeo y del fornicio no hay nada más, absolutamente nada más, ni por delante ni atrás. De ahí (aparte de su atractivo, claro) su omnipresencia, y siempre en el top de las listas de ventas. El joven (el que yo fui lo veía así) no termina de comprender por qué los mayores planean con entusiasmo una visita a un restaurante determinado, por qué hablan de cocina, de platos y de vinos, mientras están comiendo, por qué planean sus vacaciones apuntando a ese sitio donde ponen un chorizicito de agárrate y no te menees. El joven no necesita de ese presente que proporciona la mesa porque ya lo tiene; su pasado es breve y la niñez todavía no es un paraíso dorado porque no la comprende; el futuro no existe, está demasiado lejos. El tiene el presente en sus manos y por eso se toma un bocata y no comprende el empeño de los mayores por algo más complejo. En cuanto al sexo, para el joven, es novedad, variedad y urgencia. Tampoco es presente, repito, porque lo tiene; quizá un futuro inmediatísimo: este fin de semana me tengo que cepillar a Susanita.
Cuando se dice de alguien que es un viejo verde no se hace sino constatar una realidad que no tiene más vuelta de hoja: hay que aferrarse al presente y el presente que proporciona esa visión verde del viejo nos es sino una necesidad de ahora, de ese ahora que borra el futuro, ese futuro donde no estaremos y un pasado tan incierto y doloroso (lo bello duele, lo queramos o no) que a lo mejor nunca hemos estado en él.
Somos tiempo, niños y niñas, nada más que tiempo. Y yo quiero ser presente, sólo presente, y tener esa camiseta de Pussy que decía: "Yo sólo quiero pasármelo bien"
Hace un año y dos días: Un día cualquiera: Pussy Galore + Los Planetas + Karmelo C. Iribarren
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