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jueves, abril 07, 2011

Los conejitos suicidas

Llevo ya mucho tiempo (años) queriendo traer por aquí algo que vi. Se trata de los conejitos suicidas, unos dibujos soberbios de Andy Riley en los que unos simpáticos y geniales conejitos quieren, a toda costa, dejar este mundo. Leo en Rtve que la actriz británica Miranda Hart ha resumido bien todos estos dibujos: "No debería ser divertido de ninguna manera. Pero lo es". Quizá por eso es todo un hallazgo. Espero que les gusten.





















viernes, noviembre 05, 2010

Eloy Fernández Porta en Madrid, con su €®O$ a cuestas

Queridos niños y queridas niñas, como no he sido capaz de perpetrar una reseña medianamente digna de esa obra (desde ya, maestra) que se titula €®O$, La superproducción de los afectos (Anagrama.2010), del siempre brillantísimo Eloy Fernández Porta, les dejo por aquí dos fechas en Madrid (5 de noviembre, en el Festival Yuxtaposiciones, en el patio de la Casa Encendida y 13 de noviembre en el Festival Eñe, en el Círculo de Bellas Artes), donde se va a poder ver y oír, a modo de presentación del ensayo, una sesión de spoken word, cuya introducción les dejo abajo.

También les dejo un par de vídeos para disfrutar durante el fin de semana en el que se ve algo de esa sesión de spoken word, que tanto me interesa. Por todo eso, mis queridos niños y niñas, no creo que se haya terminado la inteligencia en este país, me siento afortunado de poder leer a Porta y estoy seguro de que ustedes van a disfrutar de su obra y de su espectáculo. Feliz finde para todos.

€®O$ SESSION

ELOY FERNÁNDEZ PORTA

Eros publicista y Afrodita financiera protagonizan este libro: un discurso creativo sobre el corazón y el capital # INGREDIENTES: Extracto de cariño, sucedáneo de dulzura, poemas con dinero, sociología de choque. Puede contener trazas de amor cortés # TEMAS: La ternura del porno (yeah, béibeh) - La fraternidad en el reality show (amigos para siempre) - La balada de la industria musical (es triste) - El Ministro del Adulterio (es un tío majete) # PREMISAS: Las instituciones se quieren más que los individuos - La información es íntima y la seducción es espectáculo - Tus emociones no son tuyas - Son explosiones controladas # UN RELATO DEL FUTURO: El Crack de 2029, o la quiebra del Mercado Afectivo # LA VERDAD DESNUDA: Paris Hilton halla la amistad verdadera - Los hermanos Coen celebran el amor pérfido - Chuck Palahniuk, cirujano en Hollywood - Los Magnetic Fields cantan el Ars Amandi de hoy # HÁGALO USTED MISMO: Tenga vida interior (ya va siendo hora) - Construya una Persona (truquis prácticos) - Vuélvase humano (está de moda) - Venda a su pareja (y recupere la inversión) # SEPA QUÉ ES: El imperio de la mediación afectiva - La nueva normativa libidinal - Las celestinas virtuales - Los catálogos de ex # HARDCORE EMOCIONAL: De cómo los sentimientos de lujo pasan a ser vulgares - Hoy me siento Fox - Dispositivos pulsionales y estructuras del sentir - Por qué Martin Heidegger quiere tener las tetas más grandes que Bertrand Russell # PRODUCTOR DE SUBJETIVIDAD: Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974), profesor de Nuevos Ámbitos Literarios en la Universitat Pompeu Fabra, escribe en Cultura/s y salonKritik # OTROS PRODUCTOS: Los minutos de la basura (Montesinos, 1997), Caras B (Debate, 2001), Golpes (DVD, 2004: con Vicente Muñoz Álvarez), Afterpop (Berenice, 2007; Anagrama, 2010), Homo Sampler (Anagrama, 2008) y €®OS (Premio Anagrama de Ensayo 2010) # BIOGRAFÍA MEDIÁTICA: Afterpop, "el ensayo más rompedor del 2007" (Pablo Muñoz, Barcelona Magazine), fue escogido Ensayo del Año por Quimera y seleccionado por Go entre los libros del año. Homo Sampler, saludado como "una escritura que obliga a redefinir lo que entendemos por teoría de la contemporaneidad" (Cristian Palazzi, Càtedra Ethos), fue incluido en la lista de los libros de la década por la revista francesa Fric Frac Club y por la web argentina LDF Lounge # HAY COSAS QUE EL AMOR NO PUEDE COMPRAR: Para todo lo demás, €®O$. No diga "Eros", diga €®O$.







Hace un año y un día: José Luis López Vázquez, in memoriam

miércoles, octubre 13, 2010

Eros, de Eloy Fernández Porta ( I ): una cita


"Los primeros colonizadores del espacio digital -los contraculturales, los tecnoanarcos, los friquis- han sido desplazados por una segunda andanada de pobladores, más populosa y fuerte, formada, esta vez sí, por gente normal. Los casados. Los hipotecados. Los puretas. Los mierdas. Gente seria. Carne de Hacendado y OpenCor. La misma basura normópata y biempensante que se viste de Zara y aspira a los adosados, con nómina domiciliada y un certificado de matrimonio metido en el bul. Ya están aquí. No les bastaba con los cubículos, con los bistrots, con la sala de espera del asesor fiscal. No los ahuyentó el pinchazo de la burbuja de las puntocom. Están entre nosotros. Opinan que todas las opiniones son respetables, que molan las baladas de Shakira, que el éxito de Amenábar es bueno para el país. Y, ya que están, también quieren meterla. Pa variar. Porque alguien les dijo que aquí sí se liga. Ha ocurrido. Internet se ha democratizado. Me cago en Alexis de Tocqueville."

Eloy Fernández Porta: Eros. La superproducción de los afectos. (Anagrama. 2010)

Hace un año y cuatro días: There is no enemy, lo nuevo de Built to spill

Hace un año: El frío, un poema de Matthew Sweeney

lunes, mayo 10, 2010

El libro del voyeur, de Pablo Gallo, en las librerías


Ya en su día me referí por aquí a ese soberbio pintor que es Pablo Gallo (enlace) y del proyecto que se traía entre manos, El libro del voyeur, con colaboraciones de, entre otros, Alex Nortub, Flavia Company, Safrika, Javier Corcobado, Antonio Luque, Jesús Llorente, Pilar Adón, Pablo García Casado, Alberto Olmos, Sofía Castañón, Gabriel Báñez y muchos más, hasta contar 69, entre los que se incluye (el único fallo en el libro de Pablo Gallo) un servidor.

Aquel proyecto de Pablo ya es una realidad, editado por Ediciones del viento y a partir de hoy mismo está en las librerías. Les dejo el maravilloso traíler de presentación que ha hecho Pablo, al que quiero dar mi enhorabuena por tan colosal proyecto.



Hace un año y dos días: La más sexy del mundo + Publicidad: música + Bombon mallorquin, de Joan Miquel Oliver

miércoles, septiembre 23, 2009

Anatomía de un instante, de Javier Cercas

Ya, ya lo sé; un libro -a medio camino entre el ensayo histórico, el documental y la novela- de más de 400 páginas sobre el golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981 no es algo que uno diga, venga, a por él (como haría, por ejemplo, con una biografía ilustrada de la Beyoncé) y, claro, como en tantas ocasiones, uno mete la pata si no se acerca a un libro como éste.

Anatomía de un instante (Mondadori.2009), de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres.1962), es uno de los mejores libros que uno puede leer si nos atenemos al rótulo de novedades y es, desde luego, el mejor de su autor.

Se trata de un recorrido -emocionante y detallista, muy inteligente- por el antes, el durante y el después del 23-F, un viaje alrededor de unos personajes -Suárez, el Rey, Armada, Carrillo, Tejero...- que tejieron y destejieron el destino de este país durante lo que se ha denominado como Transición y que termina con el fallido golpe de estado y con la victoria de Felipe González en 1982.

Cercas, y creo que es su principal mérito, ha escrito un libro que se lee del tirón, que, desde la primera línea, te deja boquiabierto y te empuja a continuar por los ecos de una historia cuyo final uno ya sabe (eso, es gran literatura). Cercas hace un análisis riguroso y repleto de estudios, datos, bibliografía, pero Cercas, ante todo, es un escritor enorme y es su prosa, su forma de contar, sus idas y venidas, lo que hace que éste sea un libro absolutamente logrado. Los mismos datos, la misma bibliografía, idénticos estudios, en otras manos, hubieran acabado entregando un coñazo de padre y muy señor mío.

Mi madre me decía el otro día que ella, de lo que de verdad se acordaba, era de lo guapos que eran los políticos de aquella época. Si uno lee el retrato, genial, que se hace a lo largo de estas páginas de Adolfo Suárez, comprende el porqué de aquellos trajes oscuros, las camisas claras, las corbatas oscuras (como Dios manda), y se entiende, más, esta época de trajes de colores imposibles (entre marrones, grises y azulados), y corbatas estridentes.

Dos asuntos, en el final del libro, me han entusiasmado: uno, el lazo, hermosísimo, que traza Cercas entre la historia del libro, aquellos años, y su padre, la relación con él, su muerte, esa certeza que atraviesa al autor cuando, después de preguntar al padre por qué votaba a Suárez, le contesta: "Porque era como nosotros".

Por otra parte, me ha interesado, cuando Cercas, al final, al acercarse a la época actual, en un país como el nuestro en el que se ha asentado una democracia que peligró, hablando del descontento con el que convivimos, trae a Odo Marquard, y cita:

"Cuando los progresos culturales son realmente un éxito y eliminan el mal, raramente despiertan entusiasmo. Más bien se dan por supuestos, y la atención se centra en los males que continúan existiendo. Así actúa la ley de la importancia creciente de las sobras: cuanta más negatividad desaparece de la realidad, más irrita la negatividad que queda, justamente porque disminuye".

Un lujazo. No se lo pierdan.

Les dejo unos enlaces a unas reseñas:

Reseña en Kozmic Books (enlace)

Reseña en Geografía subjetiva (enlace)

Entrevista con Javier Cercas en El País (enlace)


Hace un año y un día: Al otro lado de las fiestas

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miércoles, julio 01, 2009

El capitalismo funeral, de Vicente Verdú

Vicente Verdú (Elche, 1942) vuelve a poner los puntos sobre las íes y lo hace con valentía, sobre el cuerpo, todavía caliente, del difunto.

Abordar en un libro el tema de la crisis, tan actual, no deja de tener sus riesgos. Prescindir de la perspectiva que da el tiempo, hacer un análisis riguroso, casi al ritmo de lo noticiable, es una tarea de titanes sólo al alcance de mentes tan brillantes y atinadas -no, no exagero- como la de Verdú.

No deberían perderse este libro: es un lujo para la inteligencia, uno de esos tesoros a los que uno va a volver, a menudo, buscando la sencillez y la erudición del que ve más allá, del que sabe que las cosas son algo más que la apariencia, que la realidad es lo que queda entre las líneas de los titulares y las portadas.

Vicente Verdú se mete de lleno en el análisis de la Crisis actual, de alcance mundial y repercusiones a la vuelta de cada esquina. Pero Verdú analiza mirando hacia atrás y hacia adelante, que es la única forma de ver la verdadera dimensión del presente en el que vivimos. Como dice en una entrevista con Juan Cruz (enlace):

Creo que la crisis no es exclusivamente financiera y económica; hay implicados muchos más elementos. El especulador no puede especular si no hay gente con quien especular; el estafador no estafa si no hay un cándido; la gente no se aventura en las hipotecas si la época no lo promueve. Todo esto tiene que ver. Y tiene que ver, por si faltaba poco, con la pérdida de calidad de las cosas. Cuando se habla de los bonos basura o de las hipotecas subprime, eso es concordante con el trabajo basura, con la tele basura, con la comida basura y con la mala calidad de las personas, porque ésa es una cuestión que a mí me ha parecido interesante para explicar. No estoy moralizando, estoy hablando de la ruptura de los materiales...

A través de continuas miradas a la historia, poco a poco, se van destacando los ejes esenciales que han llevado a la situación económica actual que, claro, tienen sus correlativos a nivel social (especialidad de la casa) en el ámbito laboral, de ocio, amoroso, político...

Quizá, para mí, lo más interesante es el análisis que Verdú hace de la pérdida de valor actual del intermediario y que también destaca en la entrevista:

Pregunta: ¿Y ahora dónde ve usted el no?

R. En el descrédito de las instituciones bancarias y de todos los intermediarios, políticos incluidos, como factores de explotación. En cuanto a la política, ya no cabe la posibilidad de pensar en un sistema democrático que sobreviva si no es a la manera como lo ha entendido Obama, movilizando a millones de personas a través de Internet. El mundo camina hacia la desaparición del intermediario improductivo y hacia una estructura más horizontal, una suerte de "anarquía armónica", como dice Salvador Pániker.

Deliciosos los análisis del dinero metálico (remotándose a Grecia y terminando en el diseño arquitectónico de las actuales oficinas bancarias), de la mujer, de los nuevos hábitos y usos que ha traido internet a través de las redes sociales y los blogs, y del bajo precio (casi cero) de muchísimos artículos que me ha hecho comprender cómo es posible que anden por nuestra casa un montón de objetos (relojes, calculadoras, camisetas, bolsas de aseo, maletas...) por los que, hace unos años, suspirábamos.

No se pierdan este libro. Alegrarles el verano no se lo va a alegrar (y miren que Verdú, desde el comienzo al final del libro se muestra abierto a la aparición, tras estos tiempos tan convulsos económicamente, de un nuevo hombre en un nuevo mundo), pero todo el que quiera saber un poco más de lo que está pasando, se va a alegrar de poder asistir al despliegue, al menos, de una inteligencia soberbia y una mirada genial sobre las cosas.

No se olviden de que Vicente Verdú escribe un blog (enlace) que actualiza muy a menudo. En este enlace de Anagrama pueden leer un trocito del libro. Yo les dejo esta fabulosa cita, con la que coincido y que me encanta:

Así, una gran proporción de los fenómenos sociales de nuestro tiempo adquiere la forma de eclosiones propagándose mediante el modelo de la estampida o la epidemia, que, por su magnitud, llega a adquirir una autonomía liberada de origen y causalidad. La crisis no es sólo la crisis, sino todo aquello que se cree, se habla o se teme sobre la crisis. O, incluso, ésta sería a efectos prácticos la única crisis y de ahí la dificultad (o la imposibilidad) de neutralizarla mediante medidas referidas a lo económico que, a estas alturas, está siendo superado por todo lo demás.


Hace un año y un día: Casa de citas: Una precisión de Portnoy (editado)

Hace un año: Cultivos, de Julián Rodríguez

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miércoles, marzo 04, 2009

Homo Sampler, de Eloy Fernández Porta

No sería exagerar decir que la aparición de este libro, Homo Sampler, Tiempo y consumo en la Era Afterpop (Anagrama. 2008), de Eloy Fernández Porta, es un verdadero acontecimiento. Como dice Vicente Luis Mora en un comentario en el blog de Juan Francisco Ferré, "Yo creo que más que Homo Sampler en sí, Eloy es en sí mismo un antes y un después de la cultura española".

Si Afterpop (enlace) era una bomba puesta justo en el culo de la crítica más cegata de nuestro panorama (no sólo literaria, ehhh, que de todo hay), Homo Sampler es ya una auténtica declaración de guerra. Fernández Porta echa por tierra, destruye, hace añicos, vapulea, quema, años y años no sólo de cultura, sino de interpretación y crítica de esa cultura, que es, en muchísimos casos, lo que nos termina llegando.

De nuevo multidisciplinar (novela, poesía, ensayo, pintura, arte, comic, teatro, periodismo, publicidad, música, cocina), Homo Sampler rebosa inteligencia y audacia y está escrito desde el humor del que sabe mirar con distancia, de lado, que es como se atraviesan las cosas (y se rompen las defensas: por los laterales, nunca por el centro).

Me resulta muy difícil destacar algo para ofrecerles ya que todo es sobresaliente. Entre otras cosas que me han encantado, Homo Sampler se detiene en el tiempo, uniendo el de los relojes swatch y el tiempo de un librazo, que es un poemazo, de Peter Handke: Poema a la duración (aquí un extracto). No conozco a muchos autores capaces de semejante proeza, que lo es. También se detiene en las técnica de sampler aplicadas a la poesía (esto, claro, a mí me ha parecido suculentísimo), aunque he echado de menos a T.S.Eliot y a sus collages.

Hay de todo: desde un test de carcajada continua -donde conviven Torrente y Holly Golighty-, a algo de gastronomía, pasando por la Milá, y un acierto esencial: el UrPop como anatomía del hombre contemporáneo, como señala el siempre magnífico Alvy Singer, esa vuelta a un primitivismo que Fernández Porta analiza de forma portentosa.

En este caso con más razón que nunca: no se lo pierdan, niños y niñas. Casi todo lo que les rodea pasa hoy por esta fina disección que es Homo Sampler.

Les dejo una cita amplia para que tomen temperatura (tengo por ahí otras que iré poniendo); les dejo enlaces a análisis más acertados que éste, y al final pueden leer un extracto que se publicó en Barcelona Review.

"El periodismo clásico presentaba como modelo de noticia la frase: "Señor muerde a perro". Esta frase aún es deudora de algunos presupuestos demasiado modernos, en el sentido de no lo bastante posmodernos: el binarismo natural/civilizado, la excepcionalidad como simple ruptura de la rutina; en fin, un sentido del evento que hoy nos parece naif. En la época posmoderna ese principio fue retirado en favor de un esquema distinto, que podría ser enunciado así: "Ciudadano belga muerde a perro homosexual". La frase trae consigo la inclusión de la alteridad, el uso del contraste como factor cómico y no sólo informativo y, por encima de todo ello, la hipertrofia de la anécdota, que presupone un lector avezado y muy acostumbrado a tales excesos. Pero si bien esta noticia aún puede atraer la mirada de algún que otro suscriptor, la que de veras corresponde a nuestra era sería más bien la siguiente: "Club de Mordedores de Perros bate el Récord Guiness de mordiscos". Aquí el acontecimiento aparece sobrecodificado, de tal modo que lo nuevo no se concibe ya como "excéntrico", sino más bien como "grado máximo en la escala de las excepciones", susceptible de ser superada por el suceso subsiguiente."

Alvy Singer (enlace)

Juan Francisco Ferré (enlace)

No recomendable (enlace)

Focoforo (enlace)

Pensamiento en imágenes (enlace)

Texto de Fernández Porta, extraído del libro: De la amistad trash (enlace)



Hace un año y un día: Páginas amarillas (VII): Mecánico y místico

Hace un año: El juego de las versiones: Wild night por Van Morrison, John Cougar Mellencamp y Martha Reeves


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jueves, septiembre 18, 2008

Buenas noticias: Jordi Vadell publica En cada lamento que se hace canción

Hay que ser valiente -y mucho- para escribir un libro de más de 400 páginas sobre las letras de las canciones de un autor, aunque sea el mejor letrista en castellano, José Ignacio Lapido. Pero, además, hay que tener mucho tino para que ese libro se lea de un tirón, se vuelva a él, se rebusque algo que nos había llamado la atención, se tenga al lado en todo momento -y no, no exagero-.

Así que estamos de enhorabuena.

Jordi Vadell (Mataró.1976) es profesor de lengua y literatura de Eso y Educación secundaria. Su pasión le ha llevado a escribir este soberbio libro, un tratado sobre las canciones de José Ignacio Lapido, o, como dice el subtítulo del libro, Una interpretación de las letras de José Ignacio Lapido.

Y lo hace con cercanía, uniendo su vida a la vida de las canciones de 091 y de Lapido en solitario, y se acuerda de películas, de un momento en sus días, de una anécdota. Además, se ha documentado de una manera formidable y el libro es muy rico, suculento. Uno, que presume de saber mucho de 091 y de Lapido, se ha sorprendido leyendo cosas que no sabía, completando los datos que, al fin y al cabo, conforman muchos años de mi vida.

Además, para los amantes de la literatura, el libro de Jordi Vadell es un repaso -feroz y delicioso- a todas las figuras retóricas que hay en las letras de Lapido, un estudio soberbio sobre las referencias, sobre lo que hay más alla en las canciones del Maestro. Como digo, no hay que perdérselo, es una adquisición obligada no ya sólo para los amantes de 091 y Lapido, sino también para todos aquellos que estén interesados en una aproximación a la historia del rock patrio.

Mención especial también para la editorial Comares, por su valentía a la hora de publicar un libro de estas características, tan necesario y tan insólito en un panorama editorial de muy bajo nivel. Comares, una editorial de Granada con una trayectoria brillantísima en libros jurídicos y en poesía a través de su colección La Veleta, apuesta por demostrar que donde radica hoy la alta literatura no es sólo en los libros, que están las canciones (y cierto cine, y alguna publicidad y...). Este es el enlace para comprarlo (enlace).

Dejo el primer párrafo del libro, este enlace curioso a cuando el libro era sólo un proyecto y, claro, una canción de 091 que, como aquella de Bognadovich, The last picture show, hace referencia a algo que fue último: en este caso está grabada en El último concierto. Yo estuve allí y cuando veo este vídeo aún puedo sentir un escalofrío. Fue el 18 de Mayo de 1996.

Salud, Jordi, salud.

"La banda sonora de mi vida está compuesta por canciones de José Ignacio Lapido. Nunca las canciones de un compositor me llegaron tan hondo como las que ha creado hasta el momento Lapido. Todos sus temas me han acompañado desde los catorce o quince años hasta hoy (es decir, llevan media vida conmigo)."





Hace un año y un día: Cuerpos de rey, de Pierre Michon

Hace un año: Publicidad: Wilkinson y Comunia + Un juego con cerveza

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martes, septiembre 16, 2008

David Foster Wallace, in memoriam (En lo alto para siempre)


Cuando el bueno de Miguel Ángel Muñoz hizo aquella famosa encuesta sobre los mejores libros de relatos de los últimos años, en mi votación, y sin dudarlo, incluí La niña del pelo raro (Mondadori.2000), de David Foster Wallace (Ithaca, Nueva York, 1962-Claremont, California, 2008), uno de los libros que más me ha alumbrado en estos últimos años.

Desgraciadamente, David Foster Wallace se suicidaba el pasado viernes, dejando sin terminar -o no, quién sabe- una de las obras más inteligentes y audaces de la literatura última. Por aquí se ha publicado, siempre en Mondadori (pongo el año de edición en España), Entrevistas breves con hombres repulsivos (2001), Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (2001), La broma infinita (2003), Extinción (2005) y Hablemos de langostas (2007). Afortunadamente, me queda sin leer La broma infinita, con sus más de mil páginas y el último publicado. Creo que todos han sido traducidos por la mano maestra de un siempre soberbio Javier Calvo.

Merece la pena -y mucho- leer a Foster Wallace. No exento de humor (de hecho, le viene al pelo el adjetivo de tragicomedia), es una lente privilegiada con la mirar nuestro tiempo, algo que no, no se ha hecho tanto. Exagerado, tumultuoso, nos quedamos sin un escritor de talento desbordante.

Lo más inteligente que he leído por ahí, ha sido el acercamiento que ha hecho Alvy Singer en Masacre en los jardines (enlace), por lo que me remito a él.

Yo, como homenaje, pongo aquí un relato completo -iré haciendo esto más a menudo-, el magnífico En lo alto para siempre. Lo saco de Barcelona Review. No se lo pierdan.

En lo alto para siempre

Feliz cumpleaños. Tu decimotercer cumpleaños es importante. Tal vez sea tu primer día realmente público. Tu decimotercer cumpleaños es la ocasión para que la gente se dé cuenta de que te están pasando cosas importantes.

Te han estado pasando cosas durante el último medio año. Ahora tienes siete pelos en tu axila izquierda. Doce en la derecha. Espirales duras y amenazadoras de pelo negro y encrespado. Un pelo crujiente, animal. Alrededor de tus partes íntimas te han salido más pelos duros y rizados de los que puedes contar sin perderte. Y otras cosas. Tu voz es llena y rasposa y se mueve entre octavas sin previo aviso. Tu cara empieza a brillar cuando no te la lavas. Y dos semanas de dolor profundo y temible la pasada primavera hicieron que algo se te descolgara desde dentro: tu saco se ha llenado y se ha vuelto vulnerable, un articulo de lujo que tienes que proteger. Levantado y amarrado por unos suspensorios prietos que te dejan rayas rojas en las nalgas. Te ha brotado una nueva fragilidad.

Y sueños. Durante meses has tenido sueños que no se parecían a nada que hubieras visto antes: húmedos, trepidantes y distantes, llenos de curvas cimbreantes, de pistones frenéticos, de calor y de un vértigo tremendo. Y te has despertado con los párpados convulsos al ritmo de una descarga, un borbotón y un espasmo que te ha sacudido desde el cuero cabelludo hasta los dedos de los pies procedente de una zona en las profundidades de tu interior que nunca imaginabas que tuvieras, estremecimientos producidos por un dolor profundo y dulce, las farolas del otro lado de las persianas de tus ventanas proyectando estrellas brillantes en el techo negro del dormitorio, y una gelatina blanca y densa rezumándote entre las piernas, goteando y pegándose, enfriándose sobre ti, endureciéndose y aclarándose hasta que no queda nada más que nudos retorcidos de pelo animal duro y pálido en la ducha matinal y en esa maraña húmeda persiste un olor dulce y limpio que no puedes creer que proceda de nada que tú hayas creado en tu interior.

Más que a ninguna otra cosa, el olor se parece a esta piscina: una sal dulce mezclada con lejía, una flor de pétalos químicos. La piscina tiene un fuerte olor azul claro, aunque ya se sabe que el olor nunca es tan fuerte como cuando uno está dentro del azul, como tú ahora, recién salido del agua, descansando en la parte menos profunda de la piscina, con el agua a la altura de las caderas lamiéndote esa zona que te ha cambiado.

La terraza de esta vieja piscina pública situada en el extremo occidental de Tucson está rodeada por una verja Cyclone del color del peltre, decorada con un enredo brillante de bicicletas sujetas con cadenas. Detrás de la verja hay un aparcamiento negro y caluroso lleno de líneas blancas y coches resplandecientes. Un prado indistinto de hierba seca y matojos duros, cabezas aterciopeladas de viejos dientes de león que estallan y flotan como copos de nieve en el viento que se levanta. Y más allá de todo esto, doradas por un redondo y lento sol de septiembre, están las montañas, dentadas, con los ángulos agudos de sus picos recortándose contra una luz cansina de color rojo intenso. Sobre el fondo rojo sus picos afilados y conectados trazan una línea serrada, el electrocardiograma del día que agoniza.

Las nubes se tiñen de color en el borde del cielo. Flotan lentejuelas en el azul claro del agua, a esa temperatura cálida propia de las cinco de la tarde, y el olor de la piscina, igual que el otro olor, conecta con una niebla química que hay dentro de ti, una penumbra interior que desvía la luz hacia los bordes y difumina la distinción entre lo que termina y lo que empieza.

Tu fiesta es esta noche. Esta tarde, la tarde de tu cumpleaños, has pedido permiso para venir a la piscina. Querías venir solo, pero un cumpleaños es un día familiar, tu familia quiere estar contigo. Es amable por parte de ellos, no sabes explicar por qué querías venir solo, y la verdad es que tal vez no quisieras estar realmente solo, de manera que han venido. Están tomando el sol. Tu padre y tu madre toman el sol. Sus hamacas han estado señalando la hora toda la tarde, siguiendo la curva del sol a través de un cielo despejado y tan recalentado que ha adquirido la textura de una película gelatinosa. Tu hermana juega a Marco Polo cerca de ti en la parte menos profunda con un grupo de niñas flacas de su curso. Le toca a ella quedar, dice «Marco» y ha de perseguir a ciegas a quienes le replican chillando «Polo». Tiene los ojos cerrados y va dando vueltas al compás de un coro de gritos, girando en el centro de una rueda de niñas chillonas con gorros de baño. De su gorro sobresalen flores de goma. Los pétalos de color rosa viejos y flácidos tiemblan cada vez que ella se abalanza en dirección a los ruidos invisibles.

En el otro extremo de la piscina están el «tanque», la zona destinada a saltos, y la torre elevada del trampolín. En la terraza de detrás está la CAFETERÍA, y a ambos lados de la misma, atornillados sobre las entradas de cemento de las duchas oscuras y húmedas y los vestuarios, están los megáfonos de metal gris que emiten el hilo musical de la piscina, ese ruidito metálico y mortecino.

Caes bien a tu familia. Eres inteligente y callado, respetuoso con los mayores, aunque no te faltan agallas. Te portas bien en general. Vigilas a tu hermana pequeña. Eres su aliado. Tenías seis años cuando ella tenía cero y estabas enfermo de paperas cuando la trajeron a casa envuelta en una manta amarilla muy suave; le diste un beso de bienvenida en los pies por miedo a contagiarle las paperas. Tus padres dijeron que aquello era un buen augurio. Que marcaba la tónica. Ahora creen que tenían razón. Están orgullosos de ti y satisfechos en todos los sentidos y se han retirado a esa distancia afable en la que se mueven el orgullo y la satisfacción. Os lleváis bien.
Feliz cumpleaños. Es un gran día, tan grande como la bóveda del cielo del suroeste. Lo has estado cavilando. Ahí arriba está el trampolín. Pronto querrán marcharse. Súbete y hazlo.

Te sacudes de encima la limpieza azul. Estás lleno de cloro, suave y resbaladizo, reblandecido, con las yemas de los dedos arrugadas. La niebla de olor demasiado limpio de la piscina se te ha metido en los ojos; descompone la luz en colores suaves. Te golpeas la cabeza con la base de la mano. En un lado de la cabeza suena un eco fofo. Inclinas la cabeza hacia ese lado y das un saltito, un calor repentino en tu oído, delicioso, mientras el agua calentada en tu cerebro se enfría en el nautilo exterior de tu oreja. Ahora oyes la música más nítida y metálica, los gritos más cercanos, mucho movimiento en mucha agua.

La piscina está llena para ser tan tarde. Hay chicos flacos, hombres peludos como animales. Chicos desproporcionados, todo cuello, piernas y articulaciones huesudas, estrechos de pecho y vagamente parecidos a pájaros. Como tú. Hay ancianos que se mueven a tientas por la parte menos profunda con las piernas rígidas como patas de palo, palpando el agua con las manos, fuera de todos los elementos a la vez.

Y niñas-mujeres, mujeres, curvilíneas como instrumentos o como frutas, con la piel barnizada de color castaño oscuro, la parte superior de sus bañadores sostenida por frágiles nudos de cordón de colores delicados que aguantan el peso de cargas misteriosas, la parte inferior encabalgada sobre las suaves prominencias de unas caderas totalmente distintas a las tuyas, hinchazones desmedidas y giratorias que se funden bajo la luz con un espacio circundante que sostiene y acomoda sus curvas suaves como si fueran objetos preciosos. Casi lo puedes entender.

La piscina es un sistema de movimientos. Aquí y ahora se ven: chapoteos, combates de salpicaduras, zambullidas, acorralamientos en las esquinas, Tiburones y Sardinas, caídas desde lo alto, Marco Polo (tu hermana todavía Lo es, medio llorosa, hace demasiado rato que Lo es, el juego rayano en la crueldad, pero no te compete defenderla ni avergonzarla). Dos chicos de color blanco brillante con toallas de algodón atadas como si fueran capas corren por el borde de la piscina hasta que el socorrista les hace detenerse en seco gritando por el megáfono. El socorrista es de color castaño como un árbol, el vello rubio le forma una línea vertical sobre el estómago, lleva un sombrero de explorador de la selva y su nariz es un triángulo blanco de crema. Una niña rodea con el brazo una de las patas de su torreta. Está aburrido.

Ahora sales y pasas junto a tus padres, que están tomando el sol y leyendo y no te miran. Olvídate de tu toalla. Detenerse a recoger la toalla significa hablar y hablar requiere pensar. Has decidido que el miedo lo causa básicamente el hecho de pensar. Sigue adelante, hacia el tanque que hay en el extremo hondo de la piscina. Al borde de tanque hay una torre enorme de hierro de color blanco sucio. Un trampolín sobresale de lo alto de la torre como una lengua. La terraza de cemento de la piscina es áspera y está caliente al tacto de tus pies llenos de cloro. Cada una de las huellas que dejas es más fina y tenue. Va menguando detrás de ti sobre la piedra caliente hasta desaparecer.

Flotan hileras de salchichas de plástico alrededor del tanque, que es un mundo en sí mismo, ajeno al ballet convulsivo de cabezas y brazos del resto de la piscina. El tanque es azul como la energía, pequeño y profundo y perfectamente cuadrado, flanqueado por las calles de la piscina y por la CAFETERÍA y la terraza áspera y caliente y la sombra inclinada bajo la luz del atardecer de la torre y el trampolín. El tanque está silencioso y tranquilo y quieto en el lapso entre dos zambullidas.

Tiene un ritmo propio. Como la respiración. Como una máquina. La cola de quienes esperan para subir al trampolín forma una curva que retrocede desde la escalera de la torre. La cola se tuerce gradualmente y se endereza al acercarse a la torre. Uno por uno, van llegando a la escalera y suben. Uno por uno, separados por un latido del corazón, alcanzan la lengua del trampolín que hay en lo alto. Y una vez en el trampolín, hacen una pausa, siempre exactamente la misma pausa que se prolonga durante un latido del corazón. Sus piernas los llevan hasta el extremo, donde todos dan el mismo bote para impulsarse y trazan una curva con los brazos como si estuvieran dibujando algo circular y total. Pisan con fuerza el extremo de la tabla y hacen que esta los lance hacia arriba y afuera.

Es una máquina de descensos en picado, de líneas de movimiento discontinuas a través de la dulce neblina de cloro del atardecer. Uno puede contemplar desde la terraza cómo golpean la superficie fría y azul del tanque. Cada zambullida crea un penacho blanco que se eleva, se desploma sobre sí mismo, se extiende y se deshace en forma de espuma. Luego aparece un azul puro en medio de la mancha blanca y crece como un pudín, hasta limpiarlo todo de nuevo. El tanque se cura a sí mismo. Tres veces mientras tú recorres el camino.

Estás en la cola. Mira a tu alrededor. Tienes que parecer aburrido. En la cola casi nadie habla. Todos parecen ensimismados. La mayoría miran la escalera y parecen aburridos. Casi todos tenéis los brazos cruzados y estáis congelados por un viento vespertino que se está levantando y que golpea las constelaciones de partículas de cloro azul puro que cubren vuestras espaldas y vuestros hombros. Parece imposible que todo el mundo pueda estar tan aburrido. A tu lado tienes el extremo de la sombra de la torre, la lengua negra inclinada que es el reflejo del trampolín. La sombra es un sistema enorme, largo, escorado a un lado y unido a la base de la torre formando un ángulo oblicuo y agudo.

Casi todos los que están en la cola del trampolín miran la escalera. Los chicos mayores miran el trasero a las chicas mayores que suben. Los traseros están enfundados en una tela suave y fina, en nilón ajustado y elástico. Los buenos traseros ascienden por la escalera como péndulos sumergidos en líquido, siguiendo un código lento e indescifrable. Las piernas de las chicas te hacen pensar en ciervos. Tienes que parecer aburrido.

Mira más allá. Mira al otro lado. Puedes ver perfectamente. Tú madre está en su hamaca, leyendo, con los ojos entornados, con la cara inclinada hacia arriba para recibir la luz del sol en las mejillas. No ha mirado para ver dónde estás. Da un sorbo de alguna bebida dulzona de una lata. Tu padre está tumbado sobre su enorme panza, su espalda parece una cresta en el lomo de una ballena, los hombros cubiertos de rizos de pelo animal, la piel untada de aceite y de color castaño oscuro por culpa del exceso de sol. Tu toalla está colgando de la silla y ahora se mueve una punta de la tela: tu madre la ha golpeado al espantar a una abeja a la que parece gustarle lo que ella tiene en la lata. La abeja vuelve enseguida y parece flotar inmóvil sobre la lata trazando un suave borrón. Tu toalla tiene una cara enorme del oso Yogi.

En algún momento ha tenido que haber más gente en la cola detrás de ti que delante. Ahora no hay nadie por delante excepto tres personas que suben por la estrecha escalerilla. La mujer que hay delante de ti está en los travesaños de abajo, mirando hacia arriba. Lleva un bañador ajustado de nilón negro de una sola pieza. Asciende. Desde lo alto llega un retumbo, luego una caída tremenda, un penacho y el tanque se cura a sí mismo. Ahora quedan dos personas en la escalera. Las normas de la piscina dicen que solamente puede haber una persona en la escalera, pero el socorrista nunca grita a los que suben. El socorrista es quien dicta las verdaderas normas gritando o dejando de gritar.

La mujer que hay por encima de ti no tendría que llevar un bañador tan ajustado. Es tan mayor como tu madre e igual de corpulenta. Es demasiado corpulenta y está demasiado blanca. Su bañador rebosa. La parte posterior de sus muslos queda constreñida por el bañador y tiene un aspecto parecido al queso. Sus piernas están marcadas con los garabatos pequeños y abruptos de las venas varicosas y azules que circulan por debajo de la piel blanca, como si sus piernas tuvieran algo roto o herido. Parece que sus piernas tendrían que doler si uno las apretara, de tan llenas como están de garabatos árabes retorcidos de un azul roto y frío. Sus piernas hacen que te duelan las tuyas.

Los travesaños son muy delgados. No te lo esperabas. Cilindros delgados de hierro envueltos en fieltro de seguridad mojado y resbaladizo. El olor del hierro mojado a la sombra te hace sentir un sabor metálico. Cada travesaño se te clava en las plantas de los pies y te deja una marca. Las marcas se clavan hondo y duelen. Te sientes pesado. Cómo debe de sentirse la mujer corpulenta que tienes por encima. Los pasamanos a los lados de la escalera también son muy delgados. Parece que no puedan sostenerte. Confías en que la mujer también se coja bien. Y, por supuesto, desde lejos parecía que hubiera menos travesaños. No eres estúpido.

Subes hasta la mitad, a la vista de todos, la mujer corpulenta por delante de ti, un hombre robusto, calvo y musculoso bajo tus pies. El trampolín todavía está lejos en lo alto y es invisible desde aquí. La tabla retumba y hace un ruido batiente, y un chico al que puedes ver a lo largo de unos cuantos pies a través de los finos travesaños de la escalera cae trazando una línea resplandeciente, con una rodilla abrazada contra el pecho, y se zambulle al estilo bomba. Un enorme signo de exclamación de espuma aparece en tu campo visual, se disgrega y se desmorona sobre el enorme borbotón. Luego, el murmullo del tanque curando de nuevo su superficie azul.

Más travesaños delgados. Agárrate fuerte. La radio se oye más alta aquí, uno de los altavoces colocado sobre una de las entradas de cemento de los vestuarios te queda a la altura de los oídos. Un tufillo húmedo y frío sale del interior del vestuario. Te agarras fuerte a las barras de hierro, te doblas, miras hacia abajo y a tu espalda y puedes ver a la gente comprando chucherías y refrescos allí abajo. Puedes verlo todo desde arriba: la cima blanca y limpia de la gorra del vendedor, los envases de helado, las neveras de latón humeantes, los tanques de sirope, las serpientes de las mangueras de soda, las cajas abultadas de palomitas saladas recalentadas por el sol. Ahora que estás en lo alto puedes verlo todo.

Hace viento. Cuanto más alto llegas más viento hace. El viento es fino; cuando sopla a la sombra te enfría la piel mojada. Con el fondo de la escalera y a la sombra tu piel se ve muy blanca. El viento te produce un silbido agudo en los oídos. Faltan cuatro travesaños para el final de la escalera. Los travesaños te hacen daño en los pies. Son delgados y te demuestran cuánto pesas. En la escalera pesas mucho. El suelo te quiere de vuelta.

Por fin puedes ver lo que hay por encima de la escalera. Ves el trampolín. La mujer está ahí. Tiene dos caballones de callos rojos y de aspecto doloroso en la parte posterior de los tobillos. Está de pie al principio del trampolín y le miras los tobillos. Ahora estás por encima de la sombra de la torre. El hombre corpulento que hay debajo de ti está mirando por entre los travesaños de la escalera el espacio que la mujer tiene que atravesar.

Ella se detiene durante el instante que dura un latido del corazón. No hay ni rastro de lentitud. Te quedas helado. En un abrir y cerrar de ojos llega al final del trampolín, toma impulso hacia arriba, luego hacia abajo, el trampolín se comba hacia abajo como si no la quisiera. Luego asiente, rebota y la arroja violentamente hacia arriba y hacia fuera. Sus brazos se abren para trazar el círculo y de pronto desaparece. Se esfuma en un parpadeo oscuro. Y pasa tiempo antes de que oigas el impacto allí abajo.

Escucha. No parece apropiado, esa manera de desaparecer durante el tiempo que transcurre hasta que se oye el ruido. Como cuando tiras una piedra en un pozo. Pero te da la impresión de que ella no piensa lo mismo. Ella era parte de un ritmo que excluye el pensamiento. Y ahora tú también te has convertido en parte de él. El ritmo parece ciego. Como las hormigas. Como una máquina.

Decides que es necesario pensar en esto. Después de todo, puede ser apropiado hacer algo temible sin pensarlo, pero no cuando lo temible es el propio hecho de no pensar, o cuando resulta que el pensar es inapropiado. En algún momento los detalles inapropiados se han amontonado hasta cegarte; el aburrimiento fingido, el peso, los travesaños finos, el dolor en los pies, el espacio segmentado por la escalera en encuadres unidos solamente mediante una desaparición en el tiempo. El viento en la escalera que nadie hubiera esperado. La manera en que el trampolín sobresale de la sombra para entrar en la luz y no puedes ver más allá de su extremo. Cuando todo resulta distinto a lo esperado uno tendría que ponerse a pensar. Es lo que habría que hacer.

La escalera está atestada debajo de ti. La gente está apilada, separados los unos de los otros por unos pocos travesaños. La escalera está conectada a una nutrida cola que retrocede y traza una curva hasta la oscuridad de la sombra escorada de la torre. La gente de la cola tiene los brazos cruzados. Los que están al pie de la escalera están ansiosos y miran todos hacia arriba. Es una máquina que solamente se mueve hacia delante.

Subes a la lengua de la torre. El trampolín resulta ser muy largo. Tan largo como el tiempo que pasas en él. El tiempo se ralentiza. Se condensa a tu alrededor mientras tu corazón late cada vez más veces por segundo y sus latidos abarcan todos los movimientos del sistema de la piscina allí abajo.

El trampolín es largo. Desde donde estás parece estrecharse hasta la nada. Te va a enviar a alguna parte que su propia longitud te impide ver y parece inadecuado entregarse a esto sin pararse a pensar.

Mirado de otro modo, el mismo trampolín no es más que una cosa larga, plana y delgada cubierta con una sustancia plástica blanca y áspera. La superficie blanca es muy áspera y tiene motas y rayas de un color rojo pálido y acuoso que sin embargo nunca deja de ser rojo para convertirse en rosa: viejas gotas de agua de la piscina que atrapan la luz del sol vespertino sobre las montañas escarpadas. La sustancia blanca y áspera del trampolín está mojada. Y fría. Los pies te duelen por culpa de los travesaños delgados y tienen una sensibilidad exacerbada. Se resienten de tu peso. Hay barandillas en el principio del trampolín. No son como las barras laterales de la escalera. Son gruesas y están muy bajas, de modo que casi tienes que agacharte para cogerte a ellas. Solamente son de adorno, nadie se coge a ellas. Agarrarse lleva tiempo y altera el ritmo de la máquina.

Es un trampolín largo, frío, áspero y blanco de plástico o fibra tic vidrio, veteado del mismo color triste cercano al rosa de las golosinas baratas.

Pero al final del trampolín blanco, en su extremo, en donde te apoyas con todo tu peso para hacer que te arroje lejos, hay dos zonas de oscuridad. Dos sombras planas bajo la luz del sol. Dos formas ovales difusas y negras. El final del trampolín tiene dos manchas sucias.

Son de toda la gente que ha pasado antes que tú. Mientras estás aquí de pie tus pies están reblandecidos y marcados, doloridos por la superficie áspera y mojada, y ves que las dos manchas oscuras las ha hecho la piel de la gente. Es piel erosionada de los pies por la violencia de la desaparición de gente provista de un peso real. Más gente de la que podrías contar sin perderte. El peso y la erosión causada por su desaparición deja trocitos de pies reblandecidos, migas, grumos y tiras de una piel sucia, oscurecida y morena cuyos trocitos diminutos y deslavados se ven a la luz del sol al final del trampolín. Se amontonan, se deslavan y se mezclan. Se oscurecen formando dos círculos.

Fuera de ti el tiempo no transcurre en absoluto. Es asombroso. El ballet vespertino que tiene lugar allí abajo se mueve a cámara lenta, con los movimientos pesados de mimos sumergidos en jalea azul. Si quisieras podrías quedarte aquí encima para siempre, vibrando tan deprisa por dentro que flotarías inmóvil en el tiempo, como una abeja flotando sobre alguna sustancia dulce. Pero tendrían que limpiar el trampolín. Cualquiera que lo piense un segundo se dará cuenta de que tendrían que limpiar del extremo del trampolín toda esa piel de la gente, esas dos huellas negras de lo que queda del pasado, esas manchas que desde aquí detrás parecen ojos, ojos ciegos y bizcos.

El sitio donde estás ahora es tranquilo y silencioso. La radio grita al viento y chapotea en otra parte. No hay tiempo ni más sonido real que tu sangre chillándote en la cabeza.

Estar aquí en lo alto comporta visiones y olores. Los olores son íntimos, recién blanqueados. Es ese peculiar aroma floral de la lejía, pero de su interior emanan otras cosas hacia ti como una nieve sembrada de hierba. Notas un olor intenso a palomitas amarillas. A un aceite dulce y tostado como el de los cocos calientes. Deben de ser perritos calientes o maíz tostado. Un rastro diminuto y cruel de Pepsi muy oscura en vasos de papel. Y ese olor especial a toneladas de agua emanando de toneladas de piel, elevándose como el humo de un baño reciente. Calor animal. Desde lo alto es más real que nada.

Míralo. Puedes verlo todo en toda su complejidad, azul y blanco, marrón y blanco, bañado en un destello acuoso de color rojo cada vez más intenso. Todo el mundo. Esto es lo que la gente llama una vista. Y sabías que desde abajo no te podía parecer que estuvieras tan alto aquí arriba. Ahora ves qué alto te encuentras. Sabías que desde abajo no se puede saber.

El tipo que tienes debajo te dice, con la vista clavada en tus tobillos, el hombre calvo y corpulento: Eh, chico. Quieren saber. ¿Tienes pensado pasarte todo el día aquí o qué te pasa exactamente? Eh, chico, ¿estás bien?
Todo este tiempo ha habido tiempo. No puedes matar al tiempo con el corazón. Todo ocupa tiempo. Las abejas tienen que moverse muy deprisa para permanecer quietas.
Eh, chico, te dice. Eh, chico, ¿estás bien?
Brotan flores metálicas en tu lengua. Ya no hay tiempo para pensar. Ahora que hay tiempo no tienes tiempo.
Eh.
Lentamente ahora, atravesándolo todo, surge una mirada que se extiende como las ondas que aparecen en el agua cuando lanzas algo. Mira cómo se extiende desde la escalera. Tu hermana, a la que acabas de ver, y sus amigas blancas y delgadas, señalándote. Tu madre mira hacia la parte menos profunda de la piscina donde estabas antes y pone la mano en forma de visera. La ballena se agita y se sacude. El socorrista levanta la vista, la niña que le agarra la pierna levanta la mirada, echa mano al megáfono.

Debajo para siempre hay una terraza áspera, chucherías, música tenue y metálica, ahí abajo donde solías estar. La cola está abarrotada y no permite marcha atrás. Y el agua, por supuesto, solamente es blanda cuando estás en su interior. Mira hacia abajo, Ahora se mueve bajo el sol, llena de monedas duras de luz dotadas de un resplandor rojizo a medida que se alejan y se funden con una niebla que es1a sal de tu propio sudor. Las monedas estallan formando lunas nuevas, cascotes alargados procedentes de los corazones de estrellas tristes. El tanque cuadrado es una sabana fría y azul. Lo frío es una modalidad de lo duro. Una modalidad de la ceguera. Te han pillado desprevenido. Feliz cumpleaños. ¿Creías que ya había pasado? Sí y no. Eh, chico.

Dos manchas negras, un momento de violencia y desapareces en el pozo del tiempo. La altura no es el problema. Todo cambia cuando vuelves abajo. Cuando impactas con todo tu peso.
Entonces, ¿cuál es la mentira? ¿Lo duro o lo blando? ¿El silencio o el tiempo?
La mentira es que haya que elegir entre una cosa y otra. Una abeja quieta y flotante se mueve demasiado deprisa para pensar. Desde lo alto la dulzura la hace enloquecer.
El trampolín asentirá y tú saldrás despedido, y los ojos de piel podrán cruzar a ciegas un cielo empañado de nubes, la luz horadada se vaciará detrás de esa piedra afilada que es la eternidad. Que es la eternidad. Pisa la piel y desaparece.
Hola.

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