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sábado, octubre 22, 2011

Una carta

He estado dándole vueltas a esta carta, que he visto en Yo lo dejo cuando quiera. Mágica, hay algo en ella que me gustaría que fuera mío.

jueves, diciembre 30, 2010

Feliz tiempo nuevo




No ha ido mal este 2010, no señor; eso sí, no va uno a tirar cohetes porque espero que 2011 venga mucho mejor: más listos, más guapos, más altos, más sanos y con algo más de dinerillo. Como ven, no pide uno mucho a estas alturas.

Así que en esas andamos, cambiando de año, cosa que, desgraciada y afortunadamente, a estas alturas, uno ya ha visto y ha hecho en más de 20, 30 e incluso 40 ocasiones.

Pues lo dicho: más altos, más guapos, más listos y más sanos.

Les deseo lo mejor para este tiempo nuevo. Besos y abrazos




viernes, noviembre 26, 2010

La carne en el asador (con Nothern Howl)

Siempre me inquietó la expresión poner toda la carne en el asador y ahora pienso en ella.

A estas alturas, conforme se va acercando mi cumpleaños (apenas quedan dos meses), me hago un firme propósito: que no queden ni las migas. Ir a por todas. Como esta música que descubro gracias a Los mundos de Fede, Nothern Howl, esa música que empieza tras la música, lo que viene detrás de lo que llega tarde, mi vida tras mi vida.

No sé si me explico, pero se trata de eso: de poner toda la carne en el asador, no sabría decirlo mejor.

Feliz fin de semana.



viernes, febrero 05, 2010

Polvos de talco, francesas y píldoras anticonceptivas

















Quiere mi casa, el diseño de mi cuarto de baño, que cada vez que hago pipí me encuentre de frente, en un armarito, en la balda de arriba, dos botes de polvos de talco, ese enigma. (Quede claro que los hombres, cuando hacemos pipí, miramos a cualquier lado con tal de salpicar un poquito tapa y suelo, como dios manda)

Después de muchos años viéndolos, le pregunté a María de dónde habían salido, por qué los teníamos, y, sobre todo, de dónde venía uno de ellos que gira bajo la marca Evans, un prodigio de vintage.

Ni que decir tiene que María no recordaba haberlos usado; yo tampoco, pero me gustó mucho lo que me contó.

Según ella, en el momento en que decidimos vivir juntos, hizo su listado de cosas que necesitábamos para no olvidar nada en la compra primera de cosas imprescindibles para entrar a vivir en un piso absolutamente vacío. Me contó que, al ver siempre, de niña, en su casa polvos de talco, consideró que tener un par de botes era algo absolutamente imprescindible.

Y ahí están los botes de polvos de talco, en la balda de arriba del armarito blanco de cristales que habita en el baño. Sin usar, sin abrirse siquiera, pero con ese sentido -mágico- que les dio el juzgar que lo que había en casa de nuestros padres era necesario en nuestra casa, a pesar de no tener muy claro ninguno (no tenemos hijos) para qué sirven los polvos de talco.

Que yo sepa, o que recuerde, sólo he usado polvos de talco (mezclados con ese prodigio que gira bajo el nombre de Halibut) en un momento maravilloso: siempre en verano, cuando las caminatas con el bañador mojado te producían unas horrorosas rozaduras, que el agua del mar, la arena, hacían aun más dolorosas.

Esas caminatas, en una primera época (más niño) eran para ir a pescar a La Joya (una de las playas más maravillosas del mundo), al lado de Torrenueva (uno de los pueblos más feos del mundo), cerca de Motril, en Granada.

Las caminatas con el bañador mojado para pescar se convirtieron luego en caminatas con el objeto de buscar francesas, que solían frecuentar una urbanización, Acapulco, a la que se llegaba después de recorrer los 3 kilómetros de ese rectilíneo paseo marítimo que tenía el mágico nombre de Acera del mar (así tituló Luis Muñoz uno de sus primeros libros).

Íbamos a buscar francesas, recorríamos 3 kilómetros de paseo marítimo, padecíamos de rozaduras (era algo muy común; de hecho, nos la enseñábamos, en un ejercicio comparativo entre amigotes, a ver quién la tenía más larga, por mucho que fuera sólo una rozadura). A lo que iba, que me he perdido: que íbamos a buscar francesas, el caminar con el bañador mojado nos producía rozaduras, porque un chico francés, amigo nuestro, Alain (un bicho malo), nos había contado que en Francia, a las chicas, en cuanto cumplían 14 años, las madres le echaban en las comidas pastillas anticonceptivas para que follaran lo que quisieran. Para nosotros, claro, aquello era un sueño, lo mejor que habíamos oído nunca, y padecíamos de rozaduras por ir a buscar a esas chicas de 14 años que consumían -por un tubo, según nos contaba Alain- píldoras anticonceptivas sin siquiera saberlo.

Ahora que lo pienso, quizá, hay un hilo fino de plata entre esa inocencia nuestra en pos de las francesas de 14 años totalmente pildoradas y ese momento en el que María apunta en su lista de la compra polvos de talco pensando en lo que había en casa de sus padres. Son un brindis al sol ambos, un gesto de confianza y un acto de fe en un camino. Imagino por un momento una unión imposible y atemporal de los dos momentos y vuelvo a descubrir que el mundo, muchas veces, es un mecanismo hermosísimo, y está bien hecho.

Y en esas andamos.

Y no mucho más, como ven. Gracias por su tiempo y su paciencia, disfruten del finde. Un abrazo enorme y muchos besos. Biban las francesas, biban las píldoras anticonceptivas y biban, claro, los benditos polvos de talco.

Hace un año y tres días: A6, un poema inédito

Hace un año y un día: Vaughan Williams: Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis

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lunes, enero 25, 2010

43

Fotograma final de París-Tombuctú (1999) Vía Kinodelirio


Pues eso: 43. Si lo mira uno bien, son muchos años; bien mirado, tampoco son demasiados. Lo más extraño de la edad es donde te pone: en un lugar que parece distinto y que, sin embargo, es el mismo.

¿Qué me diferencia de aquél que cumplió 19, 27, 34? Creo que nada, a pesar del tiempo y su carga de vivencias, experiencia, descreimientos, alegrías y pesares. Uno sigue siendo el mismo, para bien y para mal. Como decía le Carré, el secreto es hacerse viejo sin hacerse mejor. Yo he aplicado su máxima y aquí me tienen, alegre (como unas castañuelas) y aterrado, absolutamente acojonado.

He estado estos últimos días pensando en el último fotograma de la que será (a lo peor) la última película de mi queridísimo Berlanga, ese tengo miedo rotulado debajo del toro y la gitana y un simple L. (Luis), que culminaba su película París-Tombuctú, de 1999. (Les dejo abajo el vídeo con el final de la película para que vean la inserción del miedo de Berlanga; no me gusta la canción de Aute, pero el final es genial, pues Berlanga se apunta a la tesis -en mi opinión acertada- de alguien que no recuerdo, que sostenía que llegará un día en que las pateras vayan en sentido contrario).

Lo malo de la edad, lo malo del tiempo, es el miedo, la cara de susto que se te pone, la broma -quizás- en que consiste todo, el acojone torero siempre a flor de piel.

Y sin embargo, como escribía Javier Egea, y a pesar de tanta ruina rondándonos, hay que seguir en pie. Sí, en pie, acojonados y reconfortados, acordes, felices, asombrados...

Les invito a un ronda. Salud.




Hace un año y cuatro días: Cumpleaños, de Felipe Benítez Reyes

Hace un año y dos días: Un poema y un disco (Idea Valariño y Sin fang bous)

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lunes, diciembre 21, 2009

Mi década ( 2000-2009 )


"Tiene ya cuarenta años: ésa es una edad crítica. Entre los treinta y cinco
y los cuarenta y cinco, todos hemos de doblar una esquina
en el camino de la vida, o bien estamparnos contra una tapia de ladrillos"


Robertson Davies

He visto irse a mi padre. Me acuerdo de lo último que me dijo, al teléfono: ¡Vais a echar a arder!, refiriéndose a unos incendios que cercaban la zona de La Garrotxa en el verano de 2006. Desde entonces, he comprendido muchas cosas, he soñado con él casi todas las noches, y voy sabiendo lo que ha sido tenerlo cerca.

Me he casado dos veces y me he divorciado una. Hubo una época en la que en mi familia -por la escasa duración de mi primer matrimonio- se me conoció como Enrique el Breve. Aunque siempre he dicho que me gustaría arrastrar una biografía con siete u ocho matrimonios, sé que tendría que ser María la que estuviera en todos. No concibo hoy mi vida sin ella. Esa es la magia; no hay otra mayor.

He visto cómo iban llegando los nuevos y como Fran, de otra década, se iba haciendo un hombre. Han llegado Quique y Rosilla, Andresillo, Javier, Laura y Clara, Marta, la hija de los Soler, Guillermo... No tardará en llegar Daniela y será de una década diferente. Tremendo vértigo si miro hacia atrás, si pienso en cómo crecen, si intento comprender y disfruto de ellos.

Ha venido Mus y he conocido, con él, la inocencia y la alegría, el milagro de la purez de una ausencia de tiempo que te hace eterno, presente extremo, en el filo. Me detengo muchas veces en la magia de ese nombre: perro. La padaleo e intento comprender algunas señales que, algún día, serán mías.

Apenas he escrito. Un puñado de poemas -seguramente fallidos- me mira con cara de desolación y envejece como los vinos malos. Sé que no tengo mucho que decir, pero es importante que diga eso. Me pondré manos a la obra.

Dejé Granada y llegué a Madrid. Después de más de diez años, creo que ya no soy de Granada, pero voy comprendiendo el Sur, y pronuncio ese nombre, Andalucía. También voy entendiendo todo esto de aquí, esta tierra que no es de nadie y que seguramente no está en ninguna parte.

Dejé mi despacho y volví a abrir mi despacho, muchos años después. Pienso en ese rizo, en el bucle que seguramente me ha acercado a sentirme cómodo y a disfrutar (a veces, como loco) de mi trabajo.

He sentido tristeza, el aliento de la desgracia, pero he sido, siempre, feliz, absolutamente feliz, por encima de todo. Sé que tengo suerte de tener cerca a unos seres absolutamente prodigiosos. Todas las esquinas que he doblado -entre los treinta y tres y los cuarenta y tres años- han sido maravillosas. Y lo que es más importante: la esquina que doblo todos los días es hermosísima.

Pasen, les presento a los míos.




Hace un año: Dietario voluble, de Enrique Vila-Matas

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martes, noviembre 10, 2009

Cotidiana


Son las ocho de la tarde del sábado. Leo por encima el suplemento cultural de Abc. Viejos nombres: Guillermo Carnero, Jaime Siles y Schiller, Fresán. Nuevos nombres: lo último de Fernández Mallo bajo la luz de Pozuelo Yvancos, un disco para bajar (es gratis): The Slew (sí, Kid Koala mezclando rock sudoroso y sucio, como aquella maravilla que fueron The experimental reximes , de John Spencer Blues Explosion, un disco al que decido volver esta misma semana).

Oigo cantar al vecino de abajo. Por lo que canta, adivino -aunque ya lo sabía, claro- que estará en torno a mi edad. Me cae bien. Entona -muy mal- aquel Santa Lucía, de Miguel Ríos (nunca me gustó esta canción), y sé que está esperando el partido del Atlético contra el Madrid. Es hincha del Atlético. Me acuerdo de un relato -que me encantó- de Almudena Grandes, que iba de estos partidos. No continué con el libro, sólo leí el primer relato y no recuerdo dónde. Fue en una de esas casas en las que uno va a pasar una sola noche, y, entre las estanterías, extrañas, coge lo primero ve, lo justo para conciliar el sueño, cuando no tienes tus libros a mano.

María, desde la otra habitación, me está contanto una escena de Toma el dinero y corre. Cuando, en la penitenciaria, Woody Allen se queda solo cantando -atado a otros presos-: voy a ver a mi novia, voy al Mississipi. Me acuerdo de uno de los libros que más me han gustado de toda mi vida: Palmeras salvajes, de Faulkner y pienso en la muerte de Jeff Buckley, que se ahogó en río Wolf. Pienso en el hechizo de esa canción que nunca me cansaré de oír: su versión del Hallelujah. Me acuerdo de un poema que hace tiempo que no leo y que me gusta mucho: A un río le llamaban Carlos, de Dámaso Alonso, y se refiere al Charles River, en USA, que no recuerdo donde estaba. Me encantaba cuando, al final, el río se convertía en Dámaso y el propio poeta corregía el error para, enseguida, escribir, quiero decir, Carlos, o algo parecido. Me gustan esos poemas donde se simula el error, la corrección, se introduce un quiero decir, perdón, no sé. Es un mecanismo, perfecto, de acercamiento. Creo recordar que a Gun, al que muchas veces también han llamado Carlos, también le gustaba el poema. Ayer, al ver el temporal en Galicia, me acordé de él, de ese verso de Angel Luis Vigaray que tanto le entusiasma: "En la tarde otoñal, qué solo el mar rugiente". Me detengo en la magia del verso, en la perfección de esos heptasílabos, en el otoño y en la soledad del mar, rugiente.

No tardaré en ducharme. Los sábados me gusta ducharme con calma antes de cenar. Afeitarme. Cambiarme de pijama. El afeitado apresurado de todos los días, el sábado, lo cambio por un afeitado tranquilo y me gusta la sensación de estar recién afeitado y no ir a ningún sitio, no tenerte que vestir, salir a la calle, comenzar el día. Me gustan esos lujos -que no lo son- que uno se reserva porque sí. Un pijama limpio, un afeitado para dormir, una cremita de las que van quitando arrugas. Pienso en muchos sábados en que la ducha y el afeitado eran para salir, para tomar un millón de cubatas con Martínez y terminar intentando llamar por teléfono desde una máquina de tabaco. Ahora el sábado es la misma ducha, idéntico afeitado, pero hay pijama, y cena, y, con suerte, una peli que terminará entusiasmándome. Ya tarde, un breve paseo con Mus, el viento frío en la piel rasurada, el calor al entrar de nuevo y el libro que terminará a un lado, cuando me venza el sueño y me encuentre pensando en que, seguramente, este es el mejor lugar donde podría estar, la mejor edad, el mejor sábado.


Hace un año y tres días: De cómo me morí

Hace un año: Un homenaje y un premio, con un poquito de publicidad

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viernes, octubre 30, 2009

Quedarse a vivir en una canción de Baaba Maal

Tenía ganas de hablar un rato, de escribir aquí esa sensación -casi clara- de cansancio y felicidad de estos últimos días, cuando el otoño nos ha dado esta tregua dorado a base de bonanza, sol dorado y un sorbo dulce de casa y calle.

Quería remontar dobleces, apurar la tarde que cae, explicar cómo todo lo que es de la sencillez y la alegría se va amontonando a los lados, como esos postes -a franjas negras y amarillas- que, en las carreteras de montaña, evitan que te pierdas en la niebla.

Hubiera querido hablar de todo lo que es claro, de lo que es franco y abierto, de lo que pertenece a la sonrisa y a la piel que pronuncia o balbucea, de eso que nos acerca y hace que, sin esfuerzo alguno, podamos entender esas razones diferentes de las que hablaba Espriu. No sé exactamente de lo que quería hablar aquí, pero quería contar que uno, a lo mejor, muchas veces, se siente bien y pareciera que el loco mecanismo que hace girar todo esto estuviera, por una vez, ajustado.

Quería hablar de un poema de José Luis Gallero, que dejo aquí:

a veces
pierdes
la facultad de reunirte contigo:
la facultad de no estar solo
la facultad de hacer milagros
la facultad de distinguir
tu propia aventura

de ver
de oír:
el grillo está en el verde
la brisa está en las hojas
la luna está en el cielo


Quería hablar del gesto de una rebeca vieja que cubre unos hombros, de su milagro a base de fuego y sencillez, iba a explicar cómo he visto salir el sol, pronunciando una especie de abrazo, estos últimos días de la semana y cómo he pensado en vueltas, en trayectos, en lo extrañamente sencillo que es, en el fondo, todo, el mecanismo de una caminata, el brillo del barro, la dulcísima quietud de los bosques, el prodigio del sueño, la arritmia de lo que es cercano y nos es extraño.

Pero no, claro. Comienzo a escuchar el último disco de Baaba Maal, Television, y me quedo a vivir en la canción, con el mismo título, que abre el disco. Encuentro ahí todo lo que hubiera podido traer aquí, con mi torpeza. Tiene ese brillo de inocencia y esperanza, cansancio y alegría, amor y miedo, camino atrás y adelante, el gesto de rebeca desgastada que quería contarles, sí, y tiene, sobre todo, como todo lo que es grande y alto y ha cruzado los surcos arrugados del alma, sí, tiene ese extraño y hermosísimo abordaje en que consiste todo esto.

Feliz fin de semana.




Hace un año y un día: La condena, un poema de Felipe Benítez Reyes

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lunes, septiembre 14, 2009

Ser feliz


Ayer llovió, cayó una tromba de agua, casi tormenta, en el momento justo, cuando estaba comenzando a quedarme dormido encima de la cama, con la parte de abajo del pijama y las sábanas revueltas, como en pleno verano.

Quedarse dormido, a las tres y media de la tarde, después de haber comido albóndigas con un toque lejano a nuez mozcada y un poco de pasta con tan sólo Grana Padano por encima, mientras suena la lluvia, cada vez más lejana por el sueño, y un viento húmedo mueve las cortinas blancas, es una de esas cosas a las que sé que no renunciaré nunca. Más que placer, es uno de esos lujos que uno se reserva para darse un empujoncito.

Me pregunto si, al igual que sucede con otros, existe el talento para ser feliz, o si es un aprendizaje, una predisposición, un destino.


Hace un año y dos días: Centrándonos: Seat girls + Los niños y el amor + Vuelve el fútbol

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miércoles, marzo 25, 2009

Más sobre las esquelas de Elena Lupiánez Salanova

Gracias a Marsu, que me puso sobre la pista, y buscando aquí y allá (enlace + enlace) he podido reconstruir, eso sí, fragmentariamente, una historia que quiero traer aquí y que me tiene con un nudo, de alegría y nostalgia, en la garganta, y que me ha roto el corazón a base de injusticia, amor y belleza. No puedo evitarlo: cuando leo el sms se me saltan las lágrimas y la hermosísima postdata, desde la injusticia, me puede hacer llorar.

Saco de Mi cajón desastre (enlace) este breve recorrido:

Elena Lupiáñez Salanova murió el 21 de marzo de 1994, a los 40 años, de un cáncer de pulmón. Trabajaba en El País y, según este periódico, era: "Mujer inteligente y de una extravagancia sutil, gran amante de los grandes viajes, de humor cáustico y poco espectacular, Lupiáñez era madre de dos hijos gemelos, Boris y Yuri, nombres que recibieron porque ella y su marido, el escritor y portavoz de Izquierda Unida de la zona centro Madrid en el Ayuntamiento de esta ciudad, José Luis Casaus, decidieron concebirlos en Leningrado".

Así pues, una historia de amor interrumpido, pero nunca finalizado, nunca terminado. Cada 21 de marzo, desde hace 15 años, JL Casaus, a través de las esquelas que publica en El País, pone al día a su amada, y madre de sus hijos, de las idas y venidas de la vida, de sus vidas y avatares. Amor, mucho amor, inteligencia y un humor muy fino, irresistible.

Dejo las esquelas de los aniversarios que he podido encontrar y los encabezo con una, en verso, que he encontrado aquí:

VI Aniversario

Elenita:

Boris y Yuri
ojalá que cosmonautas,

navegan los piélagos

de Internet, cuyas ciénagas
procuro sustituir

por los puertos de Ítaca

y por los del Amazonas

capital de las sílabas del agua.



XII Aniversario


Elenita:
Tus hijos Boris y Yuri ya no son esos pibes que, escribía Julio Cortázar, conocían las palabras pero no sabían qué hacer con ellas. En su mayoría de edad quieren regalarte esta palabra del español amable; una que ya saben utilizar en la acepción del profesor Viqueira, un caballero formado en la Institución Libre de Enseñanza. “Conciencia: dícese de la actividad mental para estimar el bien”.

JL Casaus

XIII Aniversario

Elenita:
La semana que, obligatoriamente, Boris y Yuri hacen las tareas domésticas la mesa familiar se atiborra de arroz a la gusana, spaghettis erguidos o apelmazados, carne a la suela, pescado muerto y ensaladas saladas; eso sí, hay un masivo descorche de yogures y conservas y una inmensa ingesta de frutas, charcutería y pan bendito. A todo esto la prueba del algodón no engaña y su falta de pericia con la plancha queda justificada con no sé qué belleza de las arrugas. Ya aprenderán.
JL Casaus


XIV Aniversario

Elenita:
El viaje que no hicimos a Alejandría te incapacita para verter al sánscrito primero y a tu idioma después el bastardo esperanto que tus mileuristas hijos, Boris y Yuri, se gastan por el móvil.

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JL Casaus

P.D. Mileuristas y móvil; otros enigmas que no sospechas.


XI Aniversario

Elenita:

Boris y Yuri han sufrido la cercanía de una tragedia atroz. El horror que han vivido por la muerte de Lamberto ha puesto en su conocimiento lo que por edad no conocieron cuando la obscenidad de la tuya.
De todos modos, la vida, ese desconcierto, y el conflicto doméstico siguen tan campantes: el griterío y las calzoncilladas de la televisión (no puedes imaginar su nivel y cuantía) no logran silenciar a John Coltrane y Dave Brubeck, tus favoritos.

J.L. Casaus


Hace un año y un día : Páginas amarillas (IX): Poeta y Quiosquero


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lunes, marzo 23, 2009

A propósito de una esquela en El País

Tengo que reconocer mi afición -que ya no practico tanto- a las esquelas. Debía tener yo unos trece años, cuando un gitano que solía frecuentar mi padre, cogió el Ideal de Granada, y le echó un vistazo y lo cerró. "Yo sólo leo las letras gordas y las esquelas", me dijo.

Desde entonces, y raíz de aquello, he leído las esquelas. No soy un coleccionista al modo de Cela, pero hay muchas que me han llamado la atención.

Desde que me fui de Granada, claro, mi afición se ha resentido. Con las esquelas de El País no hay esa cercanía de una capital de provincias, donde, si tiras un poco del hilo, siempre conoces al que aparece (cuando voy algún fin de semana a Granada, sigo leyendo las esquelas, aunque ya, claro, estoy muy perdido). El ABC, a veces, me satisface y publica unos culebrones de padre y señor mío, aunque suele limitarse a los méritos militares, civiles y académicos de los difuntos.

Recuerdo dos por encima de otras: una, que vi en Granada, fue la de un difunto al que le pusieron dos esquelas: por una parte, su mujer, su madre política, sus hijos, etc y, por otra, su amante, con dos cojones. No sé si la historia era de dominio público o no, pero desde ese momento seguro que lo fue. Ni que decir tiene que admiré y aplaudí el gesto de esa señora que, más allá, de las convenciones, quiso homenajear a su amado. Abajo del nombre, tan sólo eso, su amante y el nombre, sin Doña y sin misas y sin nada más. Muy hermoso.

La otra esquela que recuerdo fue la de mi abuelo, el padre de mi padre. Tenía yo cuando murió diez años y como mis padres la recortaron del Ideal, y andaba a mi alcance, me recuerdo leyéndola una y otra vez. Sé que el hechizo venía de dos hechos: por una parte, era la primera vez que yo leía el nombre de alguien que conocía en la prensa y allí estaban el nombre de mi padre y el de mi madre, en letras impresas y para mí eso era un choque total: no podía entender que esas dos personas, que andaban todo el día por mi casa, estuvieran en el periódico. Pero lo que me hechizó definitivamente fue que debajo del nombre de mi abuelo, Enrique Ortiz Payán, aparecía, entre paréntesis, (Del comercio).

Mi abuelo tenía una pequeña tienda de comestibles (ultramarinos) en la Calle Jaúdenes, muy cerca de la Plaza de la Trinidad y de la Plaza Birrambla, y en la esquela, por lo visto, fue importante esa agrupación gremial, que me tuvo alucinado mucho tiempo. No entendía qué tenía que ver aquella extraña palabra, Comercio, con mi abuelo, y nunca lo pregunté: temía despertar el dolor de mi abuela, o el de mi padre con la pregunta. Con los años supe lo que significaba pero todavía hoy, si pienso en esa agrupación de palabras, Del comercio, me sigue asaltando una especie de extrañeza, de ternura por la inocencia de esa expresión, de duda y alegría por ese del humano, terriblemente humano.

Pero vamos a lo que vi el sábado en El País. Una esquela diminutiva, en la izquierda y abajo de una página. Divertida, descreída, hermosísima. La reproduzco para disfrute del respetable. No he pedido permiso al firmante, pero sé, y no sé por qué, que no le molestará que aparezca aquí. He querido pensar que el firmante, JL Cassaus, cada año, fiel a una cita, le cuenta a Elena, la cara y el reverso de un hecho, arranca una sonrisa a alguien a quien hace ya quince años que no ve.

XV Aniversario de la muerte de

ELENA LUPIÁÑEZ SALANOVA

Elenita:
Cuando sugerí a tus hijos, Boris y Yuri, la lectura de las 1.104 páginas de Vida y destino (Vasili Grossman), me replicaron que estaban más interesados en la obra El camino al paraíso está asfaltado de tetas. Entendí que era un librito de haikús o tal vez de tankas y los cubrí de besos. Me tranquilicé cuando supe que era una suerte de concurso televisivo de hechuras anatómicas y que no malgastaban su vida con la literatura japonesa.

JL Casaus



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viernes, noviembre 07, 2008

De cómo me morí


"Un día me morí, no puedo decirlo de otro modo.
Y aunque suene raro, es gramaticalmente correcto."


José María Parreño (enlace + enlace)


Como todo el mundo, yo también me morí un día.

Algo fue demasiado.

Demasiados comienzos, demasiados finales, algún crepúsculo de más, no sé, no lo recuerdo, pero algo fue más de la cuenta. O demasiado poco, quién sabe.

Me parece, también, que se me acabó el tiempo; no un tiempo de vida, no, sino que el tiempo redondo del día dejó de pertenecerme.

Antes, todo era mío: las tardes, los cafés, las mañanas, los paseos, las noches, los escaparates, el teléfono, los rotundos mediodías.

Entonces, un poco antes de mi muerte, desaparecieron las horas.

Fue entonces cuando las calles comenzaron a sonar como un vacío al regresar tarde y cansado del trabajo, y había charcos fríos, y la gente, dentro de sus abrigos, aceleraba el paso, y los portales estaban cerrados y todo era como de piedra, todo tenía el sabor de una piedra helada.

Entonces, me morí.

Algo más tarde, nací de nuevo.

Y en ésas andamos.


(Buen fin de semana para todos. Gracias por su tiempo. Besos y abrazos. Biba Noviembre y Biba la Juventud)


Hace un año y un día: Afterpop, de Eloy Fernández Porta

Hace un año: Un cuento de Jean Cocteau


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