No los del bunker,
no los que tengan reservas de alimentos,
ninguno de ciudad,
se salvarán los indios, cachemires, masai,
beduinos protegidos del viento, mongoles a caballo;
también uno de Nápoles escondido en el Vesubio,
y un judío envuelto en un enjambre de palabras,
ilesos por pura tradición en un horno que arde.
Se salvarán más mujeres que hombres,
más peces que mamíferos,
desaparecerá el rock and roll, quedarán las plegarias,
desaparecerá el dinero, y volverán las conchas.
La humanidad serán pocos, mestizos, nómadas,
se moverán a pie. Y su botín, la vida:
la riqueza más grande que se puede transmitir a un hijo.
Francisca Aguirre (Alicante.1930) acaba de ganar el Premio Nacional de Poesía por Historia de una anatomía, editado por Hiperión. Enhorabuena. Les dejo un poema que siempre me gustó.
Paisajes de papel
Aquella infancia fue más triste.
Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.
Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.
Éramos serios y aburridos.
Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:
sin resquicios y tristes.
Veo a mis pocos años observar con ahínco,
tras el cristal opaco, la calle larga y gris;
el sol estaba lejos y era lo único barato,
lo único que traía alegría sin exigirnos nada.
Veo a mi niña, adulta y consecuente
con un programa bien trazado:
crecer, crecer muy pronto, darse prisa
—ser niño era una carga demasiado pesada
para nosotros y para los grandes—.
Sólo en verano el mundo parecía asequible,
durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.
Lo gris volvía siempre muy pronto.
Un día amanecimos lentas, crecidas,
llenas de miedo, de presente.
Buscábamos palabras en el diccionario
con el afán de comprenderlo todo:
necesitábamos hacer lenguaje.
Algunos nos miraron con asombro,
decían que éramos inteligentes.
Nosotras, durante los dolientes domingos
dibujábamos inseguros paisajes.
Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones.
Salir a un campo que no fuera pintado
suponía gastar unos zapatos.
Salir, salir, ése era el sueño,
abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:
¡mi reino por un trabajo!
¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?
¿Cómo añorarlos sin desconfianza?
Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,
mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla
Volver a lo de siempre, inaugurar de nuevo eso que permanece como si no estuviera, un mapa sumergido, la vuelta hacia unas horas en las que siempre has habitado.
Adivinar, en ese trazo en blanco que queda entre las líneas borradas, todo lo que has fundado: un perfil, un lugar, un calendario, las muecas que dejaste y que ahora te sostienen: un destino, un origen, un trayecto, todo eso que termina o que comienza, indiferente.
Saber que la única enseñanza de un tiempo repetido de mudanzas es que nada se pierde, que todo permanece, que no se recupera nunca nada.
Adivinas y sabes, reconoces. Vuelves a lo de siempre después de lo siempre.
"Los viejos Pintores, con cuánta claridad supieron cuál era su sitio en este mundo"
- W.H.Auden-
En la luz de un atardecer invernal, Velázquez va ultimando una tela. Pinta despacio. Atiende a otros asuntos: unas palabras de su Rey, los juegos de la Infanta, los alardes del perro. Sabe que el Arte es largo y que otros ojos modificarán, acaso con justicia, los suyos. Cuando la luz se vaya limpiará los pinceles. Es feliz.
Evocas rostros, sábanas al viento, perdidas azoteas de la infancia. Olvida lo que te ha asustado, lo que te hace encender la luz de madrugada. El miedo no es por nadie que desea dejarte ni por nadie que ahora ya no está. El miedo es por alguien que jamás ha estado junto a ti. Alguien que no está a tiempo de llegar.
Joan Margarit (enlace + enlace + enlace), el poema pertenece al libro Misteriosamente feliz (Visor.2009)
De entre lo que suele llegarme, nada me ha emocionado más que este nuevo poema de Juan Carlos Friebe, mi querido Gun, Media algarabía, un poema pregonado de principio a fin.
(Y me ha devuelto alguna confianza en la poesía, justo en el momento en que llevo varios años preguntándome qué hacer para que la poesía deje de ser poesía y regrese a la realidad, al menos a la mía. Ya volveré sobre eso, a propósito del libro Postpoesía de Fernández Mallo)
Les cuento: el poema pertenece a un proyecto de un texto (poema) para un paisaje sonoro, en este caso creado por Manuel Mateo y que se compone de la música de las campanas de la iglesia de Santa Ana de Granada (en Plaza Nueva), mezclado con el concierto que dio en su día (1992) Llorenç Barber, Concierto para campanarios y espadañas en la ciudad de Granada, donde sonaron (y yo lo oí, si señores, por allí andaba) 200 campanas al mismo tiempo. Sobre esta música, Manuel Mateo ha añadido (prodigiosamente) pregones grabados por Alan Lomax en el Albaycín y el Sacromonte en 1952.
Y sobre todo ello, dentro de ello, este enorme poema de Friebe, un prodigio en la acumulación de palabras muy comunes en los que somos de Granada y rondamos los 40: cañadú, chacolines, mala follá, perdices (patatas asadas que se venden en la calle), balate, regomello, bulanico. Se encuentran fácilmente con google y, si no, pregunten, será un placer.
Pero Juan Carlos ha ido más allá; no sólo escribe el poema, repleto de voces que aún resuenan en nuestros oídos, sino que también lo ha pregonado de una manera que a mí me tiene absolutamente emocionado. Les dejo el vídeo y el poema. Preparen los pañuelos. Bendito sea Gun.
MEDIA ALGARABIA
Pregonado
De principio a fin
la flauta que afila el aire // las voces que el aire llena /___
de_ almencina y de altramuh´ / de garrapiñá y de cañaduh´ //
…
migah´ d´harina / migah´ d´arena /
lumbre´h crujiente´h ´espeto´h de plata //
...
jaulas de estaño pa´ la perdices que vien´asá´s /
(
su poquilloe´ pimienta_y_su pizca e´ sal ////
la flauta que afila el aire // las voces que el aire llena /___
de pandereta´h de cuchufleta /
de nube´h dulce´h de_algodón /
(
d´hambre´ d´entonces / con pan d´hogaza /
manos llagá´s_a_rodilla hincá´ /
fregando suelos pah´la´h´señorah´h con delantah´/
…
la flauta que afila el aire // al socaire de la´h campana´h /___
como un desaire´h´e malafollá //
resuena a niña´h lustrando alpaca /
a señorita´h en el bastidor /
sillas de anea / cintas de séa /
(
alpargatah de´sparto y tacón e´charol /
(
abriguito de paño que huele a alcanfor /
la flauta que afila el aire entre los balates //
resuena a luto de puebloh´blancoh´ // con hierbabuena /
a camachoh´ dormío´h de luna nueva /
a pape´h de´htraza y a regomelloh´s /
y a un buen pepino pa´pipirrana /
y a una nana e´mucho primor/
(
retahíla de mimoh´ que van en fila
(
y una Mirinda pa la´h zagala´h /
que van mu´ linda´ de comunión //
la flauta que afila el aire / entre las campanas /
/ sabe a buñueloh´ / y a limoná´h
…
/ cucuruchos de nata / de tós sabores /
/ barquillos de fresas / de tós colores /
(
/ a chacolines / de Bib-Rambla / y a bulanicos /
con su mensaje / por la carrera / para la Vih´n /
…
…
…
melodía sin afilar /
cuchillo sin dientes / voz sin canción //
/ tiririrí de un infeliz / tiririrí de un afilaór //
/ tirititrán de un tirirí / con su triste tiriró //
Estar cansado tiene plumas, tiene plumas graciosas como un loro, plumas que desde luego nunca vuelan, mas balbucean igual que loro.
Estoy cansado de las casas, prontamente en ruinas sin un gesto; estoy cansado de las cosas, con un latir de seda vueltas luego de espaldas.
Estoy cansado de estar vivo, aunque más cansado sería el estar muerto; estoy cansado del estar cansado entre plumas ligeras sagazmente, plumas del loro aquel tan familiar o triste, el loro aquel del siempre estar cansado.
Encima de mi mesa de trabajo (en casa) suelo tener un par de libretas; una pequeña, para las anotaciones de urgencia, y otra grande para pasar lo que rescato de las anotaciones rapidísimas. Se mezclan los libros que tengo que comprar con los discos, citas, teléfonos que no sé de quién son, notas para artículos, entradas de este artefacto, citas, cosas por hacer...
Un trimestre vigoroso y complicado me deja algunos libros por comprar que dejo aquí, a ver si toma nota Paco, mi librero: (Paco, tengo que recoger En Grand Central Station me senté y lloré, que encargué después de leer este soberbio texto de Vila-Matas: enlace)
De mis queridos compañeros de por aquí, tengo que comprar:
- Dido, reina de Cartago de Isabel Barceló, de Mujeres de Roma. - Última noche en Granada, de mi muy estimado Francisco Ortiz, de Novela negra y cine negro. - El corazón de los caballos, de Miguel Ángel Muñoz, de El síndrome Chéjov, que iba a ir a ver a la Fnac y al final no pude.
Tengo que comprar también los últimos de Vila-Matas, Puértolas, Silva, Coetzee, y un montón más en poesía (me gusta lo que están publicando los jóvenes: voy en busca de Sara Toro, Sofía Castañón, Sergio DeCopete).
Tengo que reseñar aquí, todavía, los últimos libros de Rodrigo Fresán y Rafael Balanzá, Sudeste de Haroldo Conti, el soberbio Aire nuestro de mi muy admirado Manuel Vilas y el que termino ahora: Providence, de Juan Francisco Ferré.
Me gusta que las casillas del Por hacer estén repletas, que se hayan juntado muchos títulos que enseguida reposarán en mi mesita de noche. Adoro la quietud de lo que es lento, pero los años me animan a que lo Pendiente rebose, a que sean miles los proyectos, a que no falten nunca las ganas. Hay un momento en la vida de todos en el que se toma conciencia de que el tiempo no es ilimitado y, lo peor, que nunca nos va a sobrar: comienza entonces una cuenta atrás invisible en la que uno sabe que no va a perder la más mínima oportunidad y lo difícil, seguramente, es compaginar eso con ciertas ganas de quietud, de parada y reflexión, de calma.
Los pobres son príncipes que tienen que reconquistar su reino. Agustín Díaz-Yanes. Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.
Compañera, mi amor errático:
Con seis años mi padre trabajaba de primavera a primavera. De sol a sol, cuidaba de animales. El capataz lo ataba de una cuerda para que no se perdiera en las zanjas, en las ramas de olivo, en los arroyos, en la escarcha invernal de los barrancos. Ya cuando oscurecía, sin esfuerzo, tiraba de él, lo regresaba níveo, amoratado, con temblores y ampollas en las manos, y alguna enredadera de abandono en las paredes quebradizas de sus pulmones rosas y su pequeño corazón.
En sus últimos años volvía a ser un niño: se acordaba del frío proletario, (porque ya era substancia de sus huesos), del aroma de salvia, del primer cine mudo y del pan con aceite que le daban al ángelus, en la hora de las falsas proteínas.
Pero su señorito, que era bueno, con sus botas de piel y sus guantes de lluvia, una vez lo llevó, en coche de caballos, al médico. Le falla la memoria del viaje: lo sacaron del cortijo sin pulso, tenía más de cuarenta de fiebre y había estado a punto de morirse, con seis años, mi padre, de aquella pulmonía. Con seis años, mi padre.
Mayo de 1997, mes y año de su muerte. El día no importa; nadie estudiará esa fecha.
Isabel Pérez Montalbán (Córdoba. 1964) ha publicado, entre otros, No es precisa la muerte (1991), Puente levadizo (1996), Los muertos nómadas (2001) y Siberia propia (Bartleby.2007) -en el blog de Manuel Vilas pueden leer un poema: enlace. Clases sociales lo extraigo de Poemas de amor de un comunista (1999), un libro que, como dice Víktor Gómez, sorprende por lo vivo que está, por su actualidad, por su fortaleza. A mí me parece un libro sublime, al que suelo volver.
Hace falta un verano, no vayan a creer, un verano indecible, atesorado.
Que piensen lo que es eso: toda una vida acaso, escondiendo el verano más bello entre la ropa. Javier Yagüe Bosch (Madrid.1963). El poema pertene al libro Memorial de los pájaros (1990) y yo extraigo de En extraño lugar (Calambur.2004) que reúne su poesía entre 1980 y 2000.
Yo no deseo la felicidad. La vida es más noble. - George Bernard Shaw-
El destino baraja las cartas, pero somos nosotros quienes jugamos - Arthur Schopenhauer-
Contempla tu rostro en el espejo - Brias de Priene-
¿Quién soy yo para quejarme de mi suerte? ¿Acaso esta tierra no ha humillado otros sueños más altos que los míos? ¿Estas arenas no empaparon lágrimas de más nobles desterrados? Y ni sus nombres recordamos. También nosotros seremos olvidados y el sentido de nuestros versos mil veces modificado. Dónde, cuándo y en qué idioma será por fin reconocido aquello que dijimos... Pero ay de aquel cuya palabra no permanezca clara, a través de los cambios, aquel cuya vida y cuya obra no pueda contarse un día con la frescura de los cuentos que narran los marinos. Escribe. Y bebe. Bajo la clara noche, brinda por las estrellas, bebe en la memoria nobilísima de quienes ya, antes que tú, recorrieron este camino. Brinda por ellos y por el mundo que de la destrucción salvaron. Que en el vino contemples la alta hora en que se funden sueño y desencanto. Acepta tu destino como el precio de su palabra. Escribe.
José María Álvarez (Cartagena.1940) es ya un viejo conocido en este artefacto: (enlace + enlace +enlace). El poema lo extraigo de su monumental Museo de Cera (Murcia.1984), que pueden encontrar, actualizado, en Visor.
Siguiendo el hallazgo de un libro que compraré hoy mismo (si puedo y más abajo descubrirán por qué), me tropiezo con un poema que me arregla la semana y, seguramente, todo el fin de semana. Es de Sonia Fides, artífice de un blog que sigo (con devoción) desde hace tiempo: Mademoiselle Joue avec son revolver. Lo dejo aquí por si alguien se apunta a un fin de semana voraz, sorprendente, muy emocionante, descreído y hermoso, muy hermoso, como lo es este poema, que sigo disfrutando cuando vuelvo a él.
ESOS FUNAMBULISTAS METÁLICOS QUE SON SIEMPRE LOS DESCAPOTABLES Es verano, lo dicen los termómetros, las casas vacías, los buzones que rozan la obesidad mórbida, el desierto en que se han convertido los parking de la ciudad, la inconsciencia de esos funambulistas metálicos que son siempre los descapotables. El mío baja a cien kilómetros por hora por una carretera que bien podría ser descrita como el living room de ese lugar en el que,
según la Iglesia, sus habitantes conviven con un verano
ininterrumpido y extremo. Mientas conduzco noto que me convierto en un asesina, y no tiene nada que ver con que los mosquitos acaben aplastados sobre el parabrisas. Piso el acelerador y una música desbanca a los cantante de moda. Es la señal para fingir, para soportar con estoicismo el aire en la cara, para asumir que lo mejor para nuestra decadencia es que se haga adulta viajando al aire libre.
Y vía Los colores de los pensamientos, de la siempre genial Viola Tricolor encuentro (gracias) un grupo que me ha vuelto loco, Local Natives y que pienso escuchar entero. Les dejo este tema, Sun Hands, repleto de encuentros, idas y venidas y mucha música. Perfecto.
Y qué les puedo contar que ya no sepan. Pero qué tiempo más malo, señor. Me da un poco igual. En unas horas marcho (cuánto se utiliza el verbo marchar en el norte de Espaggna; todavía recuerdo a una señora, en un pueblecito de Cantabria, diciéndole a un perro "marcha, marcha"; me quedé alucinado y pensé en cómo se iba a ir un perro diciéndole marcha. Eso sí, el perro se fue, qué cosas) hacia Valencia. Mi objetivo, muy sencillo: dormir algo más de lo habitual, desayunar como un rey y, claro, disfrutar de mi plato preferido: la paella. Hoy pienso tomar la ortodoxa paella valenciana, y mañana sábado un arroz de marisco o un arroz a banda. También pienso probar (para cenar y dormir bien) algo, un fenómeno ufo de ésos, de lo que he oído hablar y no me termino de creer: un bocadillo blanc i negre, que mezcla longaniza y morcilla con algo de all i oli. Si puedo hacer una foto antes de lanzarme a él, la pondré por aquí (lo prometo). Lo malo es que me conozco y sé que terminaré mandado al diablo la foto cuando vea el bocadillo. Ayyyy. Les agradezco su tiempo y su paciencia. Les mando besos y abrazos y les voy a traer un poco de paella y un poco de bocadillo, ele. Biba el blanc i negre y Biba Valencia.
Me ha gustado mucho este poema de Lawrence Schimel, que leí en ABCD. Es un trallazo, un poema de amor rotundo, muy logrado. Buscaré más de este autor, que me ha encantado, y lo traeré por aquí. Autopsia
No pienso morirme de amor. Pero estoy convencido de que si me abren el cuerpo ahora mismo descubrirán algún órgano que no tenía antes y que ahora tanto me duele.
Igual no es nuevo para la ciencia pero lo es para mí: algo que el cuerpo ha producido sólo desde que te conocí, desde que sigo esperando alguna respuesta tuya.
Lawrence Schimel (Nueva York. 1971) ha publicado en España Desayuno en la cama (Desatada). Mantiene un blog (enlace) y tiene página en Myspace. Aquí se puede leer una entrevista (enlace) con él.
Sobrevivo el fin de semana gracias a un generoso enlace que me envió Eduardo Jordá (mil gracias) a una traducción suya del poema Todavía así, de James Salter. Sin saber muy bien por qué, iba buscando este poema, o uno que se le parecía mucho. A Eduardo Jordá ya lo traje por aquí (enlace).
Una delicia, no se lo pierdan. Aquí lo pueden leer en la revista -soberbia- FronteraD (enlace)
Todavía así
Por la Quinta Avenida, las luces traseras, todo oscuro, la calle mojada resplandece, la ciudad en la que siempre viví, el colegio y todo lo demás: el amigo de pelo rizado que me contó lo que había hecho con Faith en el apartamento de los padres de la chica, en la calle 83, era tan inocente, igual que tantas otras. Pienso en las primeras veces, algunas tan cerca de aquí, el primer pato asado en casa de Ethel Reiner, en su comedor del tercer piso, mi primera pelea frente al Ala Egipcia con dos hermanos flacuchos, mi primer curso fallido de francés, mi primera aventura sexual en el Picadilly ella fue lista y se casó con otro, la chica del New Yorker que vino a tomar una copa en Longchamps, el aire terso resbalaba por sus ventanas como en el camarote de un barco, hacía frío, el amanecer se acercaba, toda la ciudad existía para tu felicidad, fajos de periódicos cada mañana, almuerzos apresurados, salidas nocturnas, gente nueva, películas, nos abrazábamos como borrachos en el Metropolitan, torsos sonrosados, todo iba ajustándose poco a poco a una estructura, el amor hermoso y sosegado, el vestido ceñido que ella llevaba en la fiesta, y luego más primeras veces: el apartamento cerca de Gracie Square, un perro listo, el primer dinero de verdad un cheque de quince mil dólares, el primer hijo, una niña, los domingos por la mañana, la ciudad en invierno, gris y plateada, las ventanas en silencio a lo largo de Madison Avenue, colores de Sonia Delaunay, los amigos ricos de los años sesenta vistiéndose para la cena, gemelos de oro macizo, las mujeres tendidas en el sofá, las risas, almuerzos en Brittany, las comidas en el calor del verano, las imágenes brillantes de la tarde, una mujer desnuda en las alturas del St. Regis, el otoño, el mordisco helado de la ginebra, salir con el cuello del abrigo subido, la bufanda, “Así es como se lleva, querido, con la marca por fuera, mira, así”, la primera casa en el campo, la primera chica europea, la primera gonorrea, los edificios que iban convirtiéndose en escombros, los ladrones, el divorcio, en los años sombríos que siguieron llegó el cuadragésimo año, las primeras arrugas en la frente, los primeros errores, en el bar una rubia pajiza, la voz perfecta, tardes de Cole Porter, el crepúsculo que cae, ropa limpia, recién bañados, pruébalo todo una vez más, en Gallagher´s está el fornido campeón sin heridas, “Acércate y dile algo”, susurraba ella, “¿Y qué le digo?”, el rostro hermoso, con gafas, “Dile que te suena de algo, cualquier cosa”, mirándole la espalda cuando ella pasaba. Oleadas de lo que entonces era nuevo, la arrogante elegancia femenina, boinas de cuero, chaquetas de color coñac, al lado de aquel tipo la chica asombrosa, el elegante jersey rojo, la gorra de paracaidista y el pendiente en una aleta de la nariz, bello como un hilo de oro. Las puertas que se han cerrado, los amigos que han fallado, La ciudad populosa y humeante, el primer hastío, el primer desprecio por las alabanzas, las calles con otro nombre, las promesas no cumplidas, donde apenas reina la justicia y mucho menos la piedad…
Los coches pasan por la avenida, es tarde, los rostros jóvenes entrevistos en una esquina, las otras noches, los otros años bajo la lluvia, viendo cómo desaparecen, está oscuro en la proa, ya he cruzado el meridiano. Ahora todo se ha acabado, todo empieza.
Dichoso el que un buen día sale humilde y se va por la calle, como tantos días más de su vida, y no lo espera y, de pronto, ¿qué es esto?, mira a lo alto y ve, pone el oído al mundo y oye, anda, y siente subirle entre los pasos el amor de la tierra, y sigue, y abre su taller verdadero, y en sus manos brilla limpio su oficio, y nos lo entrega de corazón porque ama, y va al trabajo temblando como un niño que comulga mas sin caber en el pellejo, y cuando se ha dado cuenta al fin de lo sencillo que ha sido todo, ya el jornal ganado, vuelve a su casa alegre y siente que alguien empuña su aldabón, y no es en vano. Claudio Rodríguez (Zamora 1934 - Madrid 1999), publicó Don de la ebriedad (1953), Conjuros (1958), Alianza y condena (1965), El vuelo de la celebración (1976) y Casi una leyenda (1991). El poema Alto jornal pertenece a Conjuros.