Se nos va otro de los grandes. Alex Chilton (Memphis, 1950) moría el pasado miércoles, con 59 años. Lideró aquella banda (bueno, esta banda, porque se habían reunido y seguían tocando en directo) que se llamó Big Star, uno de mis grupos de cabecera, y autores de una de mis canciones de siempre: September gurls, que ya traje por aquí (enlace) y que hace llorar a José Montalvá.
En Jenesaispop se puede leer algo más sobre Chilton y Big Star (enlace).
Big Star, como Teenage FanClub y tantos otros, son artífices de uno de los conjuntos más logrados de canciones perfectas. Buscando siempre la eternidad en esos tres minutos redondos de una canción, Alex Chilton se la ganado. Gracias, Mr. Chilton.
Sigo con este acercamiento a uno de los discos más espectacularmente bellos de este año: Ay... de Nacho Umbert y La compañía, editado por Acuarela y que acaba de salir a la venta.
Umbert formó parte de un grupo que no he escuchado, pero que tengo en el disparadero gracias a Viola Tricolor: Paperhouse, que sólo editó un disco, Adiós, en el año 1996.
Por tanto, son 14 años en silencio. Me gustan los grupos, los escritores, los poetas, que sólo publican cuando tienen algo que decir, cuando se alejan de la inercia de un mercado que te obliga a estar ahí y tener que entregar algo nuevo cada cierto tiempo. Ya contaba Juan Benet que su ventaja, como ingeniero y no depender de la literatura para vivir, era que no tenía que entregar una novela cada año. Eso es importante.
Y regresa Nacho Umbert con una formación de lujo, La compañía, y con un productor lujosísimo, Raül Fernández, Refree (una formación muy querida por mí: enlace) y con mucho, muchísimo que contar.
Ay..., de hecho, son 10 cuentos cortos, diez pinceladas, diez historias contadas sencillamente, repletas de huecos por donde se cuela una música quue sugiere, avanza y retrocede, se te va colando y, cuando quieres darte cuenta, se te ha metido hasta dentro, te ha empapado como una lluvia fina que, lejos de darte frío, te humede la piel, te empapa, te nutre, te da vida.
Cien hombres ni uno más es espectacular, hermosísima. Cuenta la historia de un pueblo marinero, a través de Sebastián. Como dice Juan Cervera en el último Rockdelux, habla de hombres quemados, putas, contrabadistas, pijas, calamares y turistas, con una naturalidad asombrosa. La he subido en vídeo, con unas imágenes de Bruno Mercier, que encontré en el blog Cosecha del 66.
Colorete y quitasueño es la crónica de un viaje de ida y vuelta, la del que, en la noche, se transforma a través del disfraz y la pintura para vivir una vida. El arranque, seco, a través de unos versos radicales y exactos (Niño marica / solían llamarte las ratas del pueblo./ Mierda de infancia / esquivando pedradas, paletos, animales.) se diluye en el desarrollo del tema, repleto de colorido y repetición de estribillo como un baile en el que uno girara una y otra vez. La dejo en audio (también puede oírse en Myspace)
Confidencias en el palomar ya estuvo por aquí el viernes (enlace). La verdad es que me da igual enlaza, milagrosamente, una retahíla de historias en las que se refleja el alejamiento, la distancia y la indiferencia, signo del derrumbe de la pareja, del amor. Lo mejor es la naturalidad, la forma de ir uniendo un millón de historias de todos los días.
O puede que no es una especie de recreo (apenas dura un minuto) en la que Umbert, canta, habla y susurra. La gata soprano, con dos tempos, el del miedo de un niño, con un piano y un pizzicato hermosísimos, y el de la voz tranquilizadora del padre, que cuenta la historia de una gata soprano y la de la gata Grace Jones.
Prét à porter, el tema de mayor duración, es prodigioso: es una descripción de una procesión, la de San Juan. En este caso, la voz de Umbert, queda aupada por una sección de viento bellísima. El tema va creciendo, ardiendo por dentro, como si fuera una hoguera de San Juan. Casi obligatorio oír con auriculares, el tema tiene un millón de matices, hay que volver a él un millón de veces para poder apreciar ese prodigio de un fuego que, desde la primera chispa, se convierte en incendio en que también ardemos nosotros, hasta extinguirnos, como la canción: Ay, ayy, mamá, ay que emoción, ya sale la banda municipal, suenan redobles, son los tambores y las trompetas de San Juan.
Ensayo general es la crónica de un fracaso: la del ensayo de una función de teatro. Me ha encantado la descripción de los tipos humanos, lo que tiene de costumbrismo, desde la piedad con la que Umbert se acerca con la música.Red eyeses la historia de un jugador, con un relato más a través de sugerencias, de destellos, de varios elementos que se van uniendo, mágicamente, a través de la música (una simple guitarra, unas cuerdas al final, un susurro del viento en medio)
Y el disco se cierra con una canción hermosísima, un tema de amor: Rizos sin domesticar, paradigma, tal vez, del denominador común de este disco enorme: la sencillez rotunda, la fortuna en la forma de decir y en el milagro que obra el disco: presentarnos un mundo, que conocemos, a través de varios fragmentos, rellenos, como la lechada que queda entre la solería -la misma que la de la bella portada del disco- con una música también sencilla, muy hermosa, perfecta en su ejecución y en sus arreglos, que queda flotando -quizá para siempre- en el aire.
Además, como ya se ha escrito por ahí, la voz en primer plano de Nacho Umbert subraya la confidencia y acierta de pleno en el deseo del productor, Raül Fernández, cuando hablaba de un disco que pareciera que tuvieras a alguien cantando en el salón de tu casa. A lo mejor, me digo, ese es el secreto de la forma en la que te llega y te impregna este Ay...
No me importaría tener que esperar otros 14 años para volver a encontrareme a Nacho Umbert, a la Compañía, para volver a oír otro disco tan hermoso como este Ay...
Eran otros tiempos (este artefacto -me temo- terminará siendo el soporte vital de las batallitas de un abuelo).
Puedo ubicar mis mil escuchas de este primer disco de David Bowie, de 1967, si hago memoria y recuerdo que no pude grabarlo en casete, con lo que tuvo que ser antes de mis 16 años.
Antes todo era diferente, no sé si mejor, pero muy diferente. En casa de mis padres sólo había un tocadiscos. Si alguien te prestaba un disco (entonces se prestaban, ni siquiera se grababan), había que oírlo y oírlo hasta tener que devolverlo (fatal momento). Comprar un disco, además de ser casi un lujo asiático, era difícil pues eran escasos los que se editaban por aquí. Por eso los discos iban y venían entre los amigos. Recuerdo ir al colegio con una bolsa con varios discos para devolver, o para prestar. ( Y nunca se dijo que estábamos vulnerando los derechos de autor).
Por eso, en aquel tiempo, las escuchas era muy intensas (no quedaba otro remedio). En primer lugar, porque tampoco había auriculares (entonces, cascos) y había que aprovechar los pocos momentos en que los padres estaban fuera para darle gas al artefacto. El tocadiscos, además, estaba en una estancia común, claro, no era tu habitación, y si ibas a oír un disco, te dedicabas a eso, a oírlo, sin lecturas, con la funda en la mano, siguiendo las letras, si venían, y absorto en las portadas. Un disco se ponía y se volvía a poner. No había mandos a distancia y lo de levantarse nunca nos ha gustado.
Les cuento esto para que se hagan una idea de las veces que pude escuchar este disco, el primero, de David Bowie, editado en 1967, el año en que nací, y que se llamó simplemente David Bowie.
Todo el mundo ha oído a Bowie, pero muy pocas veces se ha recorrido con suficiente profundidad esta maravilla. Recuerdo que mi primera impresión fue de rechazo: yo lo que quería eran canciones fuertes, con guitarras aguerridas, baterías locas y bajos retumbones, no la instrumentación casi clásica de este elepé, no su sabor a eternidad, su regusto rococó, su elegancia, su inteligencia.
Aunque lo oí en una versión que llegó a España, que era un disco doble, el orden era el mismo que el original, y creo que incluía The laughing gnome, es decir, era una especie de recopilación de los primeros trabajos de Bowie.
Están aquí -y les dejo- las canciones que prefiero: Little bombardier es un vals delicioso, que canto muchas veces bajo la ducha, uno de mis temas de toda la vida, no se lo pierdan; Rubber Band, dramática, da una prueba de los registros vocales del mejor Bowie y contiene un juego de vientos que envidiaría el mejor Nyman (ojo al vídeo, que es una toma de 1969 donde vemos a un David Bowie resplandeciente); When I live my dream, bajo una falsa solemnidad, contiene una melodía inmejorable y una instrumentación de volverse loco; There is a happy land es una especie de plegaria épica; Sell me a coat y Uncle Arthur son temas juguetones, de idas y venidas. The laughing gnome, mucho antes del padre Abraham aquél, es una propuesta divertidísima y un estribillo contagioso y único. Niños, niñas, disfruten de este tesoro. Para el que quiera saber algo más, le dejo este enlace.
Con esa vuelta de tuerca que supuso su Homebrew, de 1992, Neneh Cherry no sólo dejó callados a aquellos que no reconocían a aquélla que movía el culo en Buffalo stance, sino que también puso los puntos sobre las íes en cuanto a lo que le importaba: el mundo, su casa, sus niños, su ropa tendida.
Neneh Cherry posaba en la portada con un carrito de bebé y aparecía en el libreto en bata -si mal no recuerdo-, con rulos y tendiendo ropa. El disco es un tratado de las mezclas del jazz: hip hop, soul, pop e incluso rock, un artefacto perfecto, repleto de mil propuestas que en aquellos tiempos eran pioneras.
Ni que decir tiene que el público no respondió a esa introspección y que prefirió quedarse con la Cherry de Raw like sushi, su primer disco, que también era un discazo; por tanto, con Homebrew no hubo éxito de ventas.
Somedays es la cumbre ideológica de ese aroma de hogar, un temazo al que regreso y que me acoge entre las notas primeras de ese piano que invoca a Beethoven y esa especie de vacío que flota en el aire, porque es en ese momento en que uno se ha levantado antes que nadie, la casa está completamente en silencio, y Neneh Cherry, junto a un café, anota lo que piensa.
Somedays Wake up without a blink To an even pace where nothing moves Except the pressure from a funky saturday Dropping like bricks on my head Or over the milkyway Starlit electric beams had only just touched me I must have dreamt myself astray The only milkyway I have is in the middle of the day
Somedays are better than somedays Good Sundays are better than somedays Today I'd even take a bad Monday Cause this Sunday's a pure pressure inside of me
Danced till my feet were blue To erase the thoughts I just remember you Tears lost in the turn of the years Return on days like this Kissing in the sunrays I knew that it was Sunday Cause my memory's like blueprint in my head
(and the little rap says) Give me grits and eggs give me ham and bacon And a pancake with some maple syrup Cause it is Sunday (God knows what the dogs are saying) We made it thru....maybe
Y no mucho más, queridos niños y queridas niñas. Vuelve el frío, las precipitaciones y la bendita posibilidad de nieve. A ver en qué queda. Por aquí las tiendas ya no cierran, así que imaginen cómo van a estar. En estos tiempos de crisis noté un bajón en la gente que iba a las zonas comerciales, bajón que ahora, próximas las navidades, no veo por ningún lado. Así que no me acercaré ni a por pan, no señor. Algunas pelis retrasadas, terminar de curarme un resfriado que no se va, ordenar papeles y libros, no sé, mucho homebrew y, como canta, Cherry: The only milkway I have is in / the middle of the day. Muchas gracias por su tiempo, por su generosidad, por sus visitas. Les mando abrazos y besos y grito un claro Biba Neneh Cherry, biban los rulos y biban las braguitas tendidas al sol.
De las cenizas de The field mice y Nothern picture library, con el sello imprescindible Sarah records al fondo, Trembling blue stars aparece en 1996 con Her handwriting, uno de esos discos que es obligatorio tener, volver a él, escucharlo en una noche clara de verano, con las luces tenues. Ahora que es invierno, y hace frío, pienso en este disco como una manta suave, como una bebida caliente detrás de la lluvia y la niebla.
Es muy difícil que un solo disco pueda arrojar tanta belleza, tanta quietud, tanta dulzura. Ligeramente eléctrico y, sobre todo, acústico, es como una mecedora infinita que se sitúa justo en ese punto donde la tristeza es gozo, y la alegría es triste.
(Por cierto, en España el disco tuvo dos portadas ligeramente diferentes ya que se editó dos veces, casi seguidas).
Les dejo Do people ever?, una canción que persigo, a la que regreso, que me obsesiona. Como no estaba en el youtube, he hecho un vídeo de playitas, ahora que un gripazo me ha tenido en cama un par de días, con un fiebrazo importante. Les dejo también el audio. Y, como les he dicho otras veces: niños, niñas, preparen los pañuelos.
Pues inauguro sección y la titulo Los discos de mi vida y comienzo con Isaac Hayes (que murió el pasado mes de agosto, a los 65 años) y su inmortal Hot buttered soul, de 1969.
No sé cómo llegó a mis manos este vinilo (que sigo guardando aunque no pueda escucharlo), pero sí recuerdo que fue para mí un flechazo inmediato, una especie de revelación sobre una forma de concebir la música, sus texturas, y no sabía todavía nada de etiquetas como soul sinfónico, soul psicodélico.
Cuatro canciones y 45 minutos, y una de las obras de arte de todos los tiempos. Segundo trabajo de Isaac Hayes y un artefacto perfecto, obra de una mente genial y quizá enferma: de noche, de sexo, de los recovecos arrugados de un corazón hermosísimo.
La cara A tiene dos canciones, Walk on by y Hyperbolicsyllabicsesquedalymistic. Walk on by, canción de Burt Bacharach y Hal David, que había cantado Dionne Warwick, como señalan en Hipersónica (enlace) está desvestida de su ternura y vestida de nuevo de sexualidad. La canción es una épica del sexo, con un crescendo tremendo que parece que no acabara nunca. Imposible de resistirse a ella, te arrastra, te lleva, te muestra una cumbre musical. Hyperbolicsyllabicsesquedalymistic es puro funk de más de 9 minutos.
La cara B arranca con One woman, soul orquestado, una especie de canto de amor inmenso que demuestra que en estos temas amorosos el soul ha llegado a donde no han podido llegar otros géneros. El disco se cierra con By the time I get to Phoenix, un recitado de 18 minutos con un final de vientos desbocados, una canción monumental a la que hay que volver una vez y otra.
Hot buttered soul es soul y es psicodelia, es música orquestal por la riqueza de su orfebrería, por momentos barroca y es, ante todo, música, sí, quizá de la que ya no se hace. Además, Hot buttered soul, tal vez, es una medición del tempo sexual, de sus paradas, de sus aceleraciones, de sus desmayos y sus resurrecciones, es un mapa de la noche, la brújula del deseo imposible de calmar, lo que pertenece al cuerpo y es del cuerpo.
Dejo, en cinco vídeos (By the time I get to Phoenix en dos partes) los cuatros temas del disco y pongo un enlace para el que quiera tenerlo (enlace). Déjense llevar por esta obra sublime, úsenla como deseen y disfruten.
Walk on by
Hyperbolicsyllabicsesquedalymistic
One woman
By the time I get to Phoenix
Niños, niñas, viernes y fiestas aquí. Los cohetes asustan a Mus, que no lo pasa bien en estas fechas. Así que mucho parque y mucho bosque, que allí no se oyen. Cambia el tiempo poco a poco, los días se acortan y viene un fin de semana algo más frío. Queda un resquicio del verano, una última luz que hay que perseguir como locos. No tardará el otoño, pero lo esperaremos por aquí, echando un rato, llevadero con sus palabras y sus visitas, que les agradezco. Les mando besos y abrazos y este grito de siempre: avanti.