
Antes que nada, muchas gracias por su participación en el acertijo. Para el que no estuviera, preguntaba qué me había podido regalar un banco, de nombre guipozcoano, situado en la Gran Vía de Majadahonda. El compa Manuel, muy entonado, hablaba de un apartamento en Seseña y, más sugerente, un set de tupper-sex (ya me habría gustado); Cuti no quería ni pensarlo, al igual que La Dama se esconde, que ni quería oír hablar de bancos (con razón). Viola tricolor, muy sugerentemente, hablaba de otro sets, de cubos y palas playeros, para echar el rato en nuestras queridas playas.
Pues no y no; dicho banco, el jueves pasado, me regaló, como promoción para que sus no clientes se convirtieran en clientes, un barra de pan, así como lo oyen, una barra de pan. Y no vayan a pensar que era una barra de pan candeal, a los siete cereales, de pan integral, o una chapata al horno lento con semillas tiernas de honolulú. No señor. Era una barra de pan, de lo que aquí, en Madrid, piden como pistola, una barra de ésas de ahora que, compradas por la mañana, a la noche te arruinan la cena (los hornos eléctricos han hecho mucho daño).
Y digo yo: ¿quién habrá sido el esquizofrénico director de marketing de dicha campaña?. Vaya por delante que yo, como nacido en el 67, a todo lo regalado digo que sí, cosa que aprendí de mi madre, que era capaz de comprar la marca más horrorosa de los horrores de cacao (en vez del Cola-cao, con lo que nos pasábamos dos meses odiando el final de la cena), sólo porque regalaban una taza horrible de todos los horrores, o que se presentaba con un cubo de Colón (sí, de aquéllos con los que tocábamos la batería) de mil kilos porque traía un tenedor. (De todo esto, ya conté cuando leí lo último de Verdú, del sobre-sobre-sobre exceso de cosas que tenemos, que antes eran valiosísimas -relojes, despertadores, camisetas- y hoy no valen nada).
Pero, volviendo al andobas director de marketing; ¿pero es que no se da cuenta de que esa barra de pan evoca eso de a pan y agua, referente de la cárcel y de la hambruna, o aquel otro de contigo pan y cebolla?, ¿pero no cae en que el cliente los va a comparar con el banco de enfrente, que te regala maletas y te da una visa para que viajes y la fundas?
No sé, lejos de evocarme a la sencillez y lo cándido de tan elemental alimento (más para los que no sabemos vivir sin bocadillos) a mí me dio muy mal rollo, pero que muy malo; pensé en una cámara acorazada en la que no había oro, ni billetes, sólo ratoncitos y cestas y cestas de barras de pan o pistolas.
Eso, sí, yo me fui contentísimo con mi barrita para la cena, sabiendo que tenía muchas posibilidades de arruinármela, pero no abrí cuenta en el banco; ni creo que lo haga nunca.
Les dejo otro Forges, por si el de arriba les ha sabido a poco.
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