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miércoles, noviembre 25, 2009

Los poemas que me hicieron: La canción de amor de J. Alfred Prufrock, de T.S.Eliot


Llevo varios días acordándome de este poema de T.S.Eliot, un poeta al que admiro, al que me gusta frecuentar. Aunque prefiero Cuatro Cuartetos como obra, La canción de amor de J. Alfred Prufrock es muy importante para mí. Estuve varios años leyéndolo a menudo, buscando entre sus versos algo con lo que tenía que encontrarme. Me acordé también de él leyendo a Eloy Fernández Porta, cuando hablaba del sampler, que aquí puede llamarse collage y que no es muy diferente.

Radicalmente moderno, me gusta el largo aliento del poema, el que parezca estar escrito de una tirada, el cúmulo de pensamientos y sensaciones que transmite a base, precisamente, de acumulación, y adoro esa especie de ir y venir, poco a poco (como las mujeres que van y viene hablando de Miguel Ángel), para terminar en el mar, con los pantalones de franela arremangados.

La canción de amor de J. Alfred Prufrock


Vamos entonces, tú y yo,
cuando el atardecer se extiende contra el cielo
como un paciente anestesiado sobre una mesa;
vamos, por ciertas calles medio abandonadas,
los mascullantes retiros
de noches inquietas en baratos hoteles de una noche
y restaurantes con serrín y conchas de ostras:
calles que siguen como una aburrida discusión
con intención insidiosa
de llevarnos a una pregunta abrumadora...
Ah, no preguntes “¿Qué es eso?”
Vamos a hacer nuestra visita.

En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Ángel.

La niebla amarilla que se restriega el lomo en los cristales de las ventanas,
el humo amarillo que se restriega el hocico en los cristales de las ventanas,
metió la lengua lamiendo los rincones del atardecer,
se demoró en los charcos quietos sobre los sumideros,
dejó que le cayera en el lomo el hollín que cae de las chimeneas,
resbaló por la azotea, dio un brinco repentino,
y, viendo que era una suave noche de octubre,
se enroscó una vez en torno a la casa y se quedó dormido.

Y claro que habrá tiempo
para el humo amarillo que se desliza por la calle
restregándose el lomo contra los cristales de las ventanas;
habrá tiempo, habrá tiempo
de preparar una cara para encontrar las caras que encuentras;
habrá tiempo de asesinar y de crear,
y tiempo para todos los trabajos y los días de las manos
que levantan y dejan caer una pregunta en tu bandeja;
tiempo para ti y tiempo para mí,
y tiempo aún para cien indecisiones,
y para cien visiones y revisiones,
antes de tomar té con tostadas.

En el cuarto las mujeres van y vienen
hablando de Miguel Ángel.

Y claro que habrá tiempo
de preguntarse “¿Me atrevo?”, y “¿Me atrevo?”,
tiempo de volver atrás y bajar la escalera,
con un claro de calvicie en medio de mi pelo
(dirán: “¡Cómo le está clareando el pelo!”),
mi chaquet, mi cuello duro subiendo firmemente hasta la barbilla,
mi corbata rica y modesta, pero afirmada con un sencillo alfiler–
(dirán: “Pero ¡qué delgados tiene los brazos y las piernas!”)

¿Me atrevo
a molestar al universo?
En un minuto hay tiempo
de decisiones y revisiones que un minuto volverá del revés.
Pues les he conocido ya a todos, les conozco a todos–
he conocido los anocheceres, mañanas, tardes,
he medido mi vida con cucharillas de café;
conozco las voces que mueren con una caída agonizante
bajo la música de un cuarto de más allá.
Así ¿cómo podría hacerme ilusiones?

Y he conocido ya los ojos, los conozco todos–
los ojos que te miran fijos en una expresión formulada,
y cuando esté formulado, despatarrado en un alfiler,
cuando esté clavado y retorciéndome en la pared,
¿cómo empezaría entonces
a escupir todas las colillas de mis días y maneras?
Y ¿cómo podría hacerme ilusiones?

Y he conocido ya los brazos, los conozco todos–
brazos con pulseras y blancos y desnudos
(¡pero, a la luz de la lámpara, con vello pardo claro!)
¿Es perfume de un traje de mujer
lo que me hace divagar así?
Brazos que se extienden en una mesa, o que se arropan en un chal.
¿Y cómo hacerme ilusiones entonces?
¿Y cómo iba a empezar?
....................................................................
¿Diré que he pasado al oscurecer por estrechas calles
observando el humo que se eleva de las pipas
de hombres solitarios en mangas de camisa, asomados a la ventana?

Debería yo haber sido un par de ásperas garras
corriendo por los fondos de mares silenciosos.
..................................................................
¡Y la tarde, el anochecer, duerme tan pacíficamente!
Alisada por largos dedos,
dormida... cansada ...o se hace la enferma,
extendida en el suelo, aquí junto a ti y a mí.

Debería yo, después del té con pastas y helados,
tener la energía de forzar el momento hasta su crisis?
Aunque he visto mi cabeza (ya ligeramente calva) presentada en una bandeja,
no soy ningún profeta –y no se trata aquí de nada importante;
he visto chisporrotear apagándose el momento de mi grandeza,
y he visto al eterno Lacayo alargándome mi abrigo y riéndose con disimulo,
y, en resumen, tuve miedo.

Y habría valido la pena, después de todo,
después de las tazas, la mermelada, el té,
entre la porcelana, entre un poco de charla tuya y mía,
habría valido la pena
descabezar de un mordisco el asunto con una sonrisa,
apretar el universo en una bola
echándolo a rodar hacia alguna pregunta abrumadora,
decir: “Soy Lázaro, venido de entre los muertos,
vuelto para decíroslo todo, os lo diré todo” –,
si alguna, poniéndose una almohada junto a la cabeza,
dijera: “No es eso lo que yo quería decir en absoluto.
No es eso, de ningún modo”.

Y habría valido la pena, después de todo,
habría valido la pena,
después de las puestas de sol y los jardincillos delante de casa, y las calles regadas,
después de las novelas, después de las tazas de té, después de las faldas que se arrastran por los suelos,
y esto, ¿y tanto más?
¡Es imposible decir precisamente lo que quiero decir!
Pero si una linterna mágica proyectara los nervios como estructuras en una pantalla:
habría valido la pena
de que alguna, acomodándose una almohada o tirando a un lado un chal,
y volviéndose a la ventana, dijera:
“Eso no es en absoluto,
eso no es lo que yo quería decir en absoluto.”
.................................................................

¡No! No soy el príncipe Hamlet, ni tenía por qué serlo;
soy un noble del séquito, uno que sirve
para hacer bulto en una comitiva, empezar alguna que otra escena,
aconsejar al príncipe: sin duda, un fácil instrumento,
respetuoso, contento de ser útil,
político, cauto y meticuloso;
lleno de elevado fraseo, pero un poco obtuso;
a veces, incluso, casi ridículo–
a veces, casi, un Bufón.

Envejezco... envejezco...
Tengo que llevar vueltas en los bajos de los pantalones.

¿Me saco raya en el pelo por detrás? ¿Me atrevo a comerme un melocotón?

Me pondré pantalones blancos de franela, y pasearé por la playa.
He oído a las sirenas cantándose unas a otras.
No creo que me canten a mí.
Las he visto cabalgar en las olas mar adentro
peinando el blanco pelo de las olas echando atrás
cuando el viento sopla el agua hasta ponerla blanca y negra.

Nos hemos demorado en las cámaras del mar
junto a ondinas enguirnaldadas de algas, en rojo y pardo,
hasta que nos despierten voces humanas y nos ahoguemos.


Hace un año y un día: Casa de citas: Manuel Vicent

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lunes, septiembre 07, 2009

Fábula del tiempo, un poema de Luis Muñoz



Fábula del tiempo


Seguramente, si lo piensas,
estos años no van a repetirse.

Vivirás su carencia irremediable,

se llenará de sombras tu mirada,

te habitará el vacío y, con el tiempo,

se destruirá tu imagen en el espejo.


Y esperarás cansado, te aseguran,
muchas tardes morir en tu ventana,

buscando en la memoria

ese tiempo feliz, siempre perdido,
esa estación dorada que tuviste

y que debe ser ésta, más o menos.



De su libro Septiembre, de 1991, Fábula del tiempo, de Luis Muñoz (Granada.1966) puede buscarse ahora en Limpiar pescado. Poesía reunida (1991-2005), editado por Visor en 2005.


Hace un año y dos días: Un pintor: Pablo Gallo

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lunes, marzo 02, 2009

Los poemas que me hicieron (II): un poema de Luis Rosales


El libro La casa encendida, de Luis Rosales (Granada 1910- Madrid 1992), tuvo dos versiones: una, primera, de 1949, y otra de 1967, mi año de nacimiento. Aunque nunca he sabido si este poema que pongo hoy fue tocado, imagino que leo la versión última.

Tengo la Poesía reunida de Luis Rosales en dos volúmenes, de Seix Barral, en una edición que se hizo para celebrar el Premio Cervantes de 1982. No recuerdo cuándo la compré, sé que tuvo que ser durante la carrera, es decir, entre 1985 y 1990.

El poema, o extracto más bien, que pongo, está justo al principio del libro, tras un soneto, y el título general en el que se inserta se titula Ciego por voluntad y por destino. El poema sigue, y vuelve sobre el mismo tema de volver a casa, y acordarse de un belén de Granada, y encontrarse al sereno, etc. Sin embargo, este extracto siempre ha tenido su vida autónoma.

Narrativo (es importante esto por lo que tiene de evolución en la obra de Rosales -verso libre y abandono de la poesía pura- y en la evolución de la poesía española de entonces), el poema es un trallazo emocional de los que adoro. A mí me ha servido mucho (imagino que sin provecho, claro): para buscar ese momento de iluminación y emoción y que muchas veces coincide con ese momento exacto: con el de volver a casa y abrir la puerta, con el de subir en el ascensor y, de repente, verte en el espejo. Momentos que, como aquellas habitaciones de hotel de una sola noche de Gil de Biedma, te devuelven un olvidado sabor a ti mismo.

Porque todo es igual y tú lo sabes,
has llegado a tu casa y has cerrado la puerta

con aquel mismo gesto con que se tira un día,
con que se quita la hoja atrasada al calendario

cuando todo es igual y tú lo sabes.

Has llegado a tu casa,
y, al entrar,

has sentido la extrañeza de tus pasos

que estaban ya sonando en el pasillo antes de que llegaras,

y encendiste la luz, para volver a comprobar

que todas las cosas están exactamente colocadas, como estarán dentro de un año,

y después,

te has bañado, respetuosa y tristemente, lo mismo que un suicida,

y has mirado tus libros como miran los árboles sus hojas,

y te has sentido solo,

humanamente solo,

definitivamente solo porque todo es igual y tú lo sabes.



Hace un año y dos días: Publicidad: aspiradores y madres

Hace un año y un día: Spoils of the spoiled, de The new Amsterdams y Autumn walker, de Jets to Brazil + La luz de la mañana, de Facto Delafé y las flores azules


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lunes, febrero 23, 2009

Los poemas que me hicieron ( I ): un poema de José María Parreño

Con esta serie pretendo traer aquí unos cuantos poemas que me formaron, que arrojaron algo de luz sobre lo que para mí es la poesía o, al menos, los poemas que prefiero.

José María Parreño (Madrid. 1956) es un poeta que ya he traído por aquí en muchas ocasiones (enlace + enlace )

El poema pertenece a su libro Las reglas del fuego, que se publicó en 1987 y que yo tengo en una edición de 1990, que se llama Fe de erratas, de la editorial Puerta del mar, de Málaga, incluyendo sus dos primeros libros: Instrucciones para blindar un corazón y Libro de las sombras.

Este poema es prodigioso, consigue arrastrarte, casi sin aliento, por un trozo de biografía del poeta: lo que fueron sus años jóvenes, que se cuentan con una transparencia casi atroz, con la distancia debida, con un ligero toque de humor y sarcasmo, y mucho de realidad y, además, empalman, en ese fluir contínuo, de forma mágica, con el presente desde el que se escribe.

A mí me gusta la construcción, ese torrente que parece no tener fin y la forma en la que el poema va avanzando y enlaza sucesos, el sitio donde se coloca el poeta para contar -en un lugar indeterminado- y muchas formas de decir absolutamente coloquiales, que dan al poema un brillo muy especial. Aquí lo dejo.

íbamos pink floyd ciento cuarenta
camino del verano,

dentro del cuerpo todo

lo que uno piensa,
si es que sigue pensando,

que puede resistir

sin que estalle la nuca

y pierda el mundo

su escasa consistencia.

personalmente iba también ciento y bastantes
latidos por minuto,

cada vez más lejos del edén,
en digna caída libre
hacia mi queli,

como nos dijo él

y hacia el futuro,
lugar que a estas alturas

uno conoce más o menos por postales

y más valdría quedarnos donde estamos.
tenía los labios
secos de fumar

y en la cabeza como la explosión
de los archivos de una filmoteca,

es decir, nada de ver la calle arturo soria,

sino viejas
ciudades de europa en parterres
de hierro, automóviles
de motor venenoso, chóferes giacometti.

y en una de esas supe que después
de todo
y de tanto,
y de pasar muchas noches en vela
buscando una palabra,
y de padecer de arritmia, de almorranas y de psicoanalista,

y de haber visto la muerte, tronco,
como a ti, paseando por un bosque
en el verano del setenta y seis,
y después de la cábala, el zen y stanislavski
y de haber gritado

con todos en las plazas,

y de haber sentido cómo te sube,
cómo te enciende,

cómo te aprieta,
cómo te asombra, cómo te arquea

y cómo te borra
todo eso que uno toma,

o mejor, que se mete,
y después de haber hecho el amor
sobre tres continentes, dos islas y una estatua,
en fin, no ha habido cuelgue
éxtasis o amor que ablandara ese largo
hueso transparente
y raro de roer

que es esta vida.
es decir,
he dado muchas vueltas
y las cosas siguen como estaban.

y lo de ahora mismo, por ejemplo,

no es siquiera
que haya conseguido que la tristeza se haga el harakiri:

es un dolor de vientre más personal
a la altura o abismo de las circunstancias.
así que,
entre tú y yo,
tengo que decirte
que a veces me asusta este camino
cada semana menos transitado
y transitable
de buscarlo todo en todas las direcciones

para encontrarme a mí.

y me asusta
todavía más pensar que a lo mejor
ni siquiera es camino,

sino una vida entera

de martillarse el dedo
en vez del clavo,
con la cabeza alta y el gesto
del que sabe.
pero si resultara

que este siroco lleva a alguna parte

créeme que las dudas
y lo arriba descrito puntualmente

y la felicidad sin padre conocido que a veces me protege
no son más que el principio.


Hace un año y dos días: Una canción: Envejece, de Refree

Hace un año y un día: Un anuncio, un tema y un discazo: Greenpeace, Kanye West & Daft Punk, The felice brothers


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